domingo, 3 de octubre de 2010

Tríos y más tríos

A principios de 1940, Alberto González conoció a dos músicos aficionados, Carlos Pirela, comerciante y guitarrista, y Hernando Guzmán, contador y guitarrista. Decidieron formar un trío por el puro placer musical, sin ninguna otra pretensión. Montaron en ensayos varias canciones, pero no llegaron a presentarse nunca  en público. Este fue el primer conjunto al que perteneció Alberto González y fue, por lo tanto, una experiencia muy importante en su vida artística. Allí empezó a darse cuenta  cómo debía coordinar su voz con la de los demás  integrantes y cómo medirse para entrar en el momento preciso con las guitarras acompañantes.

Poco tiempo después, en ese mismo año de 1940, Alberto fue llamado por su hermano medio César, para que se unieran a Carlos Andrade, un músico algo veterano, guitarrista y compositor, que quería formar un trío. Nació así “Carlos Andrade y Sus Muchachos”.  En ese tiempo Rafael Roncallo era un personaje muy conocido en Barranquilla. Cierto tiempo después, cuando llegó a ser alcalde de la ciudad, alguien lo describía así: “Rafael Roncallo era de doble ancho,  una cosa impresionantemente gorda y gruesa y alcalde, jocundo, compositor, bohemio; tu lo conociste, yo también, y todo el mundo… era una fantasía.”. Como el trío de Carlos Andrade tocaba   muchos boleros y algunas composiciones de Miguel Matamoros, Roncallo lo llamaba para que le animara sus  frecuentes reuniones y veladas.

Al decir de Alberto, “Carlos Andrade era un berraco”. Tocaba la guitarra con gran destreza y tenía un “tumbao”, un ritmo para interpretar canciones cubanas, que no era fácil encontrar  en la ciudad a alguien como él. Compuso Carlos varias piezas. Una de ellas se titulaba “El adiós del negro” y aunque nunca fue grabada, sí la interpretó mucho el trío en Barranquilla, y posteriormente en Medellín, a finales de los años cuarentas y principios de los cincuentas, era muy solicitada a Los Romanceros en reuniones y fiestas. Cuando Roncallo la escuchó la primera vez se quedó sorprendido, y frecuentemente le pedía al trío de Carlos Andrade que se la cantaran. Esta obra era un “bambuco costeño”, muy diferente al bambuco del interior, y se cantaba con el acento y el ritmo que tiene un “negro palenquero”  al hablar. Algunas estrofas de ella, son estas:

Adió mujee que me diite/  el icaco de tu boca/ y con la pasión má loca/ dormí en tu pecho que me diite/ No me quiereej ya queree/ ayyy mujee/ el llanto me vuevve loco/ y el doló me vuevve triite/ No tiene maj agua  un coco/ quel llanto que tu me diite/no me quiereej ya queré/ ayyy mujee/

Para entender mejor la analogía que se utiliza en este bambuco, debe saberse que el icaco es una fruta,  colorada o púrpura oscura, muy llamativa.

Otra canción que compuso Carlos fue el bolero “Leonor”, que dice así en sus primeras líneas:
Aunque tarde en la  vida te conocí/ has hecho que todo cambiara para mí/ Con todos tus encantos y todo tu candor/ te has robado mi alma, linda Leonor/.

También fue obra del mismo compositor el porro “La niña”, que tiene un versito muy pegajoso, que dice así:

La niña quiere que yo la quiera/ pero no quiere la niña/ que yo la siente en mis piernas/
Cuando Rafael Roncallo, escuchó esta pieza le pidió a Carlos que se la regalara, que él quería aparecer como su compositor; así lo aceptó el guitarrista, y Rafael aparece desde entonces como su creador. Algo parecido ocurrió con el bolero titulado “Corazón”. Roncallo, escribió un poco de la letra, y Carlos Andrade la completó y le puso la música. Esta quedó también oficialmente compuesta por Rafael. Debe mencionarse que en el trío se vivía una amistad con Rafael Roncallo. Al entregar Andrade algunas de sus composiciones no lo hacía ni engañado, ni presionado, sino porque quería obsequiarlas.

Estas dos últimas canciones mencionadas “La niña” y “Corazón”, fueron grabadas posteriormente por la “Emisora Atlántico Jazz Band”, una agrupación que interpretaba magistralmente muchas clases de música, entre ellas algunas provenientes de los Estados Unidos. El director de la agrupación era Guido Perla, y la mayoría de los arreglos los hacía Francisco de Asís Galán, después conocido como el maestro Pacho Galán. Este conjunto, fue la continuación de la célebre Orquesta  Sosa, primera orquesta de música caribe que tuvo Barranquilla por allá a mediados de los años treintas. Esta agrupación tras la muerte de su fundador, el músico santandereano Luis F. Sosa, pasó a ser dirigida por Guido Perla en 1940, adoptando al mismo tiempo, su nuevo nombre de “Emisora Atlántico Jazz Band”.

Puede apreciarse pues la estrecha relación que tenía Rafael Roncallo con Carlos Andrade y sus dos compañeros Alberto y César. En su apartamento, y acompañado de sus amigos, Roncallo pasaba agradables ratos en ese entorno particularmente romántico. Las boas que reptaban por la vivienda y que él mismo alimentaba durante la velada, mientras todos disfrutaban de la buena música, producían un ambiente muy particular, casi surrealista El único gran pero, era que a sus músicos él no acostumbraba pagarles nada, sino que les daba trago y algunos pasanticos o picadas. De esta manera Alberto González se fue formando en la música, aunque no viviera de ella.

El Ranchito

Por allá en 1940 existía en Barranquilla una emisora de radio llamada La Voz del Comercio de propiedad de Julio Valderrama, un negociante antioqueño; y no se tome esto como un pleonasmo, porque la verdad sea dicha, Don Julio sí que era  muy buen negociante. Por algún motivo, él tuvo que clausurar su estación, pero a pesar de todo, siguió empeñado en inundar a Barranquilla con sus ondas hertzianas. Fue así como se trasladó con sus equipos a un sector que en ese entonces quedaba en las afueras de la ciudad. La Ceiba era un caserío, con construcciones  de madera, mucha vegetación, culebras, canarios, monte, y habitado por familias de trabajadores.

En La Ceiba vivía el español Manuel Alberto González Jesús con su esposa, tres hijas y su hijo Alberto González. Cuenta Alberto hijo, que en una jaulita acostumbraba guardar un par de canarios. Al levantarse un día, descubrió que en lugar de los dos canarios había dos pequeñas serpientes. Cualquiera pensaría inmediatamente en la evolución acelerada de las especies. Nada de eso. El asunto es que ellas no pudieron salir por donde habían entrado, porque estaban ahora más gorditas, debido al plumífero alimento que se habían  tragado. Sin pensarlo dos veces, el niño se dirigió con su jaulita, sostenida en una larga rama, a una lagunilla que había por allí cerca. La sumergió un rato, hasta que los  alargados animalitos dejaron de retorcerse. No es una historia propiamente ecológica, ni para ir contándola por ahí a los niños, pero así sucedió; no todo tiene que terminar con una sana moraleja.

 Bueno, el asunto es que en una casa del caserío de la Ceiba,  instaló el señor Valderrama una emisora ilegal, que hoy llamaríamos pirata. Su casa topaba en la parte de atrás con el solar de la casa de la familia del ciudadano español Manuel Alberto González.
Don Julio llamó a su emisora, El Ranchito. El asunto es que él era muy buen antioqueño, y lograba que su “emisorita” se escuchara en toda Barranquilla. Por lo tanto, podía hacerle publicidad pagada a varios negocios de la ciudad.  Se inventó el dueño de la emisora unas presentaciones en vivo que anunciaba de la manera más atrayente y espectacular posible. Vinculó entonces a una serie de artistas, algunos de ellos aficionados. A cada cual lo llamaba con un sobrenombre bien llamativo. Uno de ellos era Carlos Gutiérrez, un cantante que años atrás había hecho parte de un buen trío dirigido por el gran músico Carlos Andrade. Debido al color de la piel de Gutiérrez, Julio Valderrama rítmicamente lo apodó, “El negrito cachumbambé”. Como Alberto vivía en la casa de atrás a la de la emisora, le quedaba muy fácil llegar a la estación saltando una tapia de cañas que separaba las dos casas. Entonces Don Julio anunciaba en estos términos la presentación de Alberto: “ ¡Ahí vieene..., saalta..., llegooó..., El Tarzánn de la Ceiba ¡”. También llegaron a actuar allí Adela, hermana de Alberto, y un saxofonista de apellido Marimón, que se encargaba de los porros. Los cantantes eran acompañados por Alfonso Pérez en un viejo piano que Don Julio llevó hasta ese apartado lugar.

Todos los días la programación empezaba con el porro “La vaca vieja”, interpretado por Marimón y  su saxofón, acompañado por el legendario instrumento de teclas. Era tan maravillosa la forma como Don Julio anunciaba a sus artistas, que llegó un momento en que, de distintas partes de la ciudad, llegaba público para presenciar ese original espectáculo de tarzanes y chachumbambés.

Uno de los principales clientes de El Ranchito, era el libanés Nicolás Manzur. Don Julio enviaba a sus artistas con un bono, para que este comerciante les pagara en especie las presentaciones que hacían en la emisora. De esta manera ellos se surtían de ropa y zapatos que obtenían a cambio de sus actuaciones. Así consiguió Alberto un par de zapatos tenis y unos pantalones de dril que le sirvieron mucho en Barranquilla, y que aún en Medellín llegó a ponerse, aunque algo gastaditos. Como todo lo bueno se acaba, y “lo ilegal no paga”, cayeron las autoridades sobre la emisora y ésta salió, ahora sí  definitivamente, del aire.

Serenata al medio día

Tenía Alberto González unos quince años de edad cuando entró a trabajar en el Garaje España fundado en 1927 por el catalán Pablo Morell. Allí se guardaban y lavaban carros, y existía además una bomba de gasolina. Al joven González le tocaba llevar la cuenta de la gasolina que se consumía, y también llevar los vehículos que los clientes dejaban en el patio hasta colocarlos en las celdas de parqueo. Debía poner mucho cuidado  que los otros empleados del negocio no sacaran los carros a dar una “vueltecita por ahí”, sin el permiso de los dueños. Al lado del garaje, que a propósito tenía una fachada republicana muy bien lograda, estaba la casa del señor Morell. Este tenía tres hijas, entre los trece y quince años de edad. Aquí viene la música. Como Alberto se mantenía cantando y le gustaba una de las niñas, cuando estaba desocupado, y a veces sin estarlo, pasaba a cantarles desde la calle. Ellas se asomaban al balcón a recibir esa serenata diurna. Parado en la mitad de la acera, con los brazos abiertos y dirigiéndolos hacia ellas, les cantaba así: ¿Dónde estás amor, cuándo vienes a mí?,… y ahí seguía con la canción,… y luego otra más,… y ahí viene Don Pablo. Porque cuando el catalán se daba cuenta de la serenata, se acercaba al cantante y le decía: “Vamos, tu cantas muy bien, pero vete a trabajar”. Seguramente estas fueron las primeras serenatas que dio en su vida el futuro romancero.

Televisión en carne y hueso

La televisión empezó a transmitir sus imágenes y sonidos, a finales de la década de los años veintes en los Estados Unidos. En Colombia sólo en 1954 se inauguró oficialmente este medio de comunicación. Sin embargo, en Barranquilla alrededor del año 1936, existía ya la televisión. Era algo muy peculiar. Su inventor  fue el cantante de ópera español Paco de la Riera. Este señor alquiló para su invento la terraza de una casa de un solo piso, situada en todo el Paseo Bolívar.
Armó Paco en dicha terraza, un escenario que  semejaba un enorme aparato televisivo.  Las imágenes no eran electrónicas sino reales, de carne y hueso. Es decir, era la mejor televisión del mundo, no superada ni siquiera hoy en día por la más avanzada de las tecnologías. La idea del señor de  la Riera era invitar a los artistas aficionados de  la ciudad a presentarse en esa enorme televisión de cartones y tablas, mientras que el público abajo los observaba, y los aplaudía o rechiflaba, según el juicio inapelable de ese monstruo de las mil cabezas. Porque el asunto no era sólo de  cantar alguna canción, así no más. No, tenían que someterse al veredicto de los televidentes que  se detallaban todo lo que ocurría allá arriba en ese gigantesco televisor. Más aún, al rechazado le caía desde lo alto del escenario, una capucha que le tapaba la cara, y le invitaba en medio de la gritería de los televidentes, a retirarse inmediatamente.

Hasta esa televisión callejera se acercó un niño de unos trece o catorce años, Alberto González. Estaba decidido a presentarse ante el público, pero le pidió a Paco que no lo amenazaran con la capucha que pendía como una guillotina encima de su cabeza. El señor de la Riera le dijo que se tranquilizara, que seguramente él iba a cantar muy bien, pero que si no lo hacía, ahí estaba la capucha. El niño González insistía en que no cantaba si tenía la capucha encima lista para caerle. Finalmente Alberto interpretó una de las canciones de José Mojica que desde hacía mucho tiempo  conocía, y  que  cantaba a todas horas. El aplauso del público y las felicitaciones  casi paternales de Paco de la Riera, sellaron ese día ya lejano, en que Alberto González se presentó en la televisión con las imágenes más reales del mundo.

Carlos Gardel

Carlos Gardel, más que un excelente y popular cantante de tangos era un ídolo. En todo el continente americano se le admiraba casi que irracionalmente. Todo en él era especial: el tono nostálgico y ligeramente nasal de la voz, su gallarda apariencia, su abierta sonrisa coronada por una blanquísima dentadura, las letras llenas de sentimiento de las canciones que interpretaba, y hasta el mismo misterio que rodeaba su persona, ya que ni siquiera se sabía, dónde ni cuándo había nacido. Por todo eso, Gardel era algo único.
De él decía en Niza, Francia, en 1931, el gran Charles Chaplin: “Su rostro, su presencia, su mirada, su arte, constituyen el centro de atención. “El duende”, “su ángel”, está presente en el rincón donde él sonríe, no importa quienes sean los hombres y las mujeres que lo rodean”.

Para ilustrar con un pequeño ejemplo la grandeza de Gardel, leamos una pequeña crónica escrita sobre la presentación de la película “Cuesta abajo” un cierto día del año 1934 en Buenos Aires, Argentina:
“Me veo obligado a describir un suceso único e irrepetible en la historia del cinematógrafo. Me tiembla la mano al escribirlo. Mientras se exhibía la película "Cuesta Abajo" -1934-, en Buenos Aires, verificamos la prueba que Carlos Gardel más que un cantante o un actor, era un poeta, un pequeño dios. Juzguen, ustedes, si es así, o no. Estamos en un cine cualquiera de la calle Corrientes. Resumiendo la tormenta moral del protagonista, evocando a la capital del Plata, empieza a escucharse en la sala, un quejido de bandoneón, una lágrima en la garganta, que, poco a poco, se transforma en una canción:
"Si arrastré por este mundo/ la vergüenza de haber sido/ y el dolor de ya no ser. / Bajo el ala del sombrero/ cuántas veces embozada/ una lágrima asomada/ yo no pude contener. / Si crucé por los caminos/ como un paria que el destino/ se empeñó en deshacer/ si fui flojo, si fui ciego/ sólo quiero que hoy comprendan/ el valor que representa/ el coraje de querer..."El público guarda un silencio de funeral, también llora.
"Por seguir tras de su huella/ yo bebí incansablemente/ en mi copa de dolor/ pero nadie comprendía/ que si todo yo lo daba/ en cada vuelta dejaba/ pedazos de corazón. / Ahora triste en la pendiente/ solitario y ya vencido/ yo me quiero confesar/ si aquella boca mentía/ el amor que me ofrecía/ por aquellos ojos brujos/ yo habría dado siempre más..."
Un breve silencio. Y tras los sollozos, alientos entrecortados, irrumpe un grito tímido y violento, sufriente e implorante: ¡O LA PASAN OTRA VEZ, O QUEMAMOS EL CINE!”
Colombia no fue la excepción para esa casi veneración, que se le rendía en todas partes a Carlitos Gardel. El 4 de junio de 1935 el gran cantante llegó a Barranquilla. Allí se presentó en el Teatro Apolo. Al día siguiente asistió a La Voz de Barranquilla, de Luis Pellet Buitrago, la primera estación de radio comercial que existió en el país. Desde el balcón de la emisora en el segundo piso de la edificación saludó a la delirante multitud agitando un blanco pañuelo. Allí debajo de ese balcón, a escasos tres metros del ídolo, estaba un niño de trece años, Alberto González de la mano de su padre. Gardel permaneció tres semanas más de gira por el país.

Cuando salía de Medellín, el avión en que iba a viajar se estrelló en la pista con otro allí estacionado. Fue una auténtica tragedia no sólo por el incendió que carbonizó a pasajeros y tripulantes de ambas naves sino más que todo, porque ese fue el fin de Carlos Gardel y el inicio de una eterna leyenda. Es muy difícil describir la reacción de la gente ante tan monstruosa noticia. En Barranquilla se lloraba en las casas y en las calles, tal como si a cada uno, se le hubiera muerto su propia madre. La emisora La Voz de Barranquilla, se inventó un programa llamado Micrófono Abierto, en el que todo el día desfilaba la población expresando su dolor de todas las formas posibles. En la ciudad una jovencita se roció con gasolina y se prendió fuego, porque quería morir carbonizada como le ocurrió a su venerado.  Un artista, inventó un porro, nostálgico por su cadencia; él mismo se acompañaba con su guitarra.
 
Después de tantos años, Alberto ha recordado y rescatado esta canción que nunca fue grabada, ya que sólo se cantó en el programa Micrófono Abierto. La letra contiene los títulos de varias de los principales éxitos del gran cantante. Decía así:

Gardel, cuesta abajo rodó tu bella y profunda vida/  Pobrecita golondrina, se fue para no volver/  En luces de Buenos Aires y melodía de arrabal/  Cantando tu caminito, los corazones hiciste llorar/

El mismo Gabriel García Márquez,  en su libro de memorias “Vivir para contarla”, narra lo que significó Gardel para él, cuando tenía sólo siete añitos:
“Sin embargo, mi urgencia de cantar para sentirme vivo me la infundieron los tangos de Carlos Gardel, que contagiaron a medio mundo. Me hacía vestir como él, con sombrero de fieltro y bufanda de seda, y no necesitaba demasiadas súplicas para que soltara un tango a todo pecho. Hasta la mala mañana en que la tía Mama me despertó con la noticia de que Gardel había muerto en el choque de dos aviones en Medellín. Meses antes yo había cantado Cuesta abajo en una velada de beneficencia, acompañado por las hermanas Echeverri, bogotanas puras, que eran maestras de maestros y alma de cuanta velada de beneficencia y conmemoración patriótica se celebraba en Aracataca”.

sábado, 25 de septiembre de 2010

Con personajes de la vida Nacional: Carlos J. Echavarría

Los Romanceros trovando con el Presidente de la República Mariano Ospina Pérez


Foto autografiada del Presidente de la República Mariano Ospina Pérez para  Los Romanceros
 
Carlos J Echavarría fue el símbolo del empresario antioqueño emprendedor de 
mediados del siglo XX. Era nieto de Alejandro Echavarría quien en 1907 había 
fundado la empresa Coltejer, y en 1916 el el hospital San Vicente de Paúl.
Desde 1940 hasta 1961 Carlos J. Echavarría fue presidente de Coltejer, la 
principal y más grande empresa de Antioquia, y una de las más importantes del país.
 
Era Don Carlos J. de estatura regular, un poco robusto, y en lo personal, muy 
metódico y disciplinado. En las reuniones y fiestas en el club Campestre
permanecía siempre con un vaso de licor en la mano, pero en toda la noche no
se tomaba más de dos o tres whiskys. Nunca se le vio descompuesto o ebrio.
Ya desde mediados de los años cuarentas Los Romanceros era su trío de
confianza.
Cuando en 1948 el Presidente de la República Mariano Ospina Pérez vino a 
Medellín, luego de los eventos trágicos del 9 de abril de ese mismo año, asistió
a una reunión que se celebró en la residencia de Carlos J. situada en el Parque
de Bolívar. Ante la inquietud manifestada por el presidente Ospina sobre
las condiciones de seguridad de la casa, y de la calidad de las personas que
asistirían al evento, el anfitrión le explicó que todo estaba muy controlado, y
sobre el trío le dijo: “Los Romanceros, son mis músicos”.
 
Carlos J. Echavarría era muy antioqueño en su lenguaje. En las reuniones le 
pedía con frecuencia al trío que le interpretaran el tango-bolero titulado
“Pecado”, y lo hacía diciéndoles así: “Muchachos, pecao “, al tiempo que
levantaba un poco la mano derecha, donde llevaba su vaso de whisky.

Cuarteto Victoria, Rafael Hernández, Bobby Capó, Myrta Sylva


Rafael Hernández nació en Puerto Rico en 1892. 
 
Estudió en el Conservatorio de México y luego viajó a Cuba 
en donde compuso la celebre rumba “Cachita”,que es un himno de la música cubana. Fundó el Cuarteto Victoria con el que, presentaba sus numerosas creaciones como “Lamento borincano”, “Capullito de alhelí” y muchas otras más. En junio del año 1949 el Cuarteto Victoria estuvo en Medellín. 
 
Con el conjunto venía el cantante y compositor puertorriqueño Bobby Capó, autor entre otras melodías de “Cabaretera” y de “Piel Canela”. 
También hacía parte del cuarteto la famosa cantante y
compositora de Puerto Rico Myrta Silva, quien además tocaba timbales, maracas y guitarra. El cuarteto Victoria se presentó en El Cortijo. Esa noche también actuaron allí Los Romanceros. La cantante Myrta Sylva hizo un extenso preámbulo para presentar, lo que ella decía era su último y exclusivo éxito, una canción que se llamaba “La última noche”. La interpretó finalmente con gran calidad.
 
Cuando le tocó el turno a Los Romanceros. Jorge Valle y
Alberto González se hacían señas, como si estuvieran planeando algo. Ante la sorpresa de todos, especialmente de Myrta Silva, el trío cantó también “La última noche”.
La tenían muy bien montada y arreglada, pues Jorge Valle la había escuchado en emisoras del exterior por radio de onda corta. Fue una linda interpretación. No hay ni que
decir,cuál fue la reacción de Myrta al escuchar la que ella llamaba su canción exclusiva, se fue directo hacía donde estaba el trío y los insultó mientras salía enfurecida del establecimiento.El maestro Rafael Hernández y Bobby Capó, muy apenados les ofrecieron disculpas por la reacción de la cantante.
 

Con Lucho Ramírez




En los años 1958 y 1959 Los Romanceros grabaron
variosnúmeros acompañando al magnífico cantante vallecaucano Luis Alberto "Lucho" Ramírez. 
 
En un disco completo aparecen ellos como los
acompañantes en ocho de las piezas, y en otro, lo hacen  en cuatro de las canciones. Todos  los arreglos fueron hechos por el maestro Luis Uribe Bueno.
 
Al piano estaba siempre el gran músico barranquillero
Juancho Vargas.
 
Algunos de las interpretaciones de Lucho Ramírez con
Los Romanceros son:
Cuando tu me quieras”,“Aquel”, “Bonita”, “Palmeras”, “Quisiera ser”,“Si no eras para mí”.
 

Con Alfonso Ortiz Tirado


Alfonso Ortiz Tirado era una persona realmente especial. 
 
Este médico, cantante y filántropo mexicano nació en 1893 y falleció en 1960.
 
 
Primero fue médico ginecólogo y luego ortopedista, pero era también un verdadero 
enamorado del canto. A los 28 años era tenor de ópera en su país. Sin embargo, 
la satisfacción más grande la obtenía de la música popular, especialmente cantando 
boleros. Recorrió prácticamente toda América Latina, además de los Estados Unidos 
y algunos países europeos, interpretando canciones románticas.
 
 
Con el dinero que obtuvo en sus actuaciones musicales financió una clínica para 
niños desvalidos. A mediados de los años cincuentas, el Doctor Alfonso Ortiz 
Tirado vino a Medellín, para participar en una reunión de médicos ortopedistas.
 
 
Una cierta noche fue al restaurante El Escorial, acompañado de su esposa. 
Como él era un apasionado por la música, averiguó que en ese sitio se reunían 
los músicos que ofrecían serenatas. Estando allí preguntó por un guitarrista 
que quisiera acompañarlo en algunas piezas, por el puro gusto de cantar. Como 
El Escorial, era el sitio de encuentro de Los Romanceros, Jorge Valle se ofreció 
gustosamente. Y en efecto, esa noche el Doctor Ortiz Tirado, acompañado de 
Jorge Valle y de algunos aguardienticos, interpretó varias de sus más bellas 
canciones.
 

Con Libertad Lamarque (cantante y actriz)

 
En el año 1908 nace en Rosario, Argentina. 
Ella fue talvez la mujer más representativa de las artes escénica y musical en 
Hispanoamérica en el siglo XX. De sólo siete años empezó su carrera casi 
centenaria como actriz y cantante.  
 
Libertad Lamarque, llamada cariñosamente y conocida como “La novia de América”, 
al ser al mismo tiempo una gran actriz y una gran cantante, interpretaba sus 
canciones con un sentimiento escénico insuperable. En febrero de 1947 Libertad 
Lamarque hace su primera gira por Latinoamérica. 
 
 
En Medellín se presenta en el teatro Bolívar. A la recepción ofrecida a la diva en el 
aeropuerto de la capital antioqueña, asiste como uno de sus admiradores Alberto 
González integrante del Trío Los Romanceros. Al año siguiente, en enero de 1948, 
regresa la cantante argentina a Medellín. Nuevamente hace presentaciones en el 
Teatro Bolívar. Su próximo destino sería la ciudad de Barranquilla. 
 
 
Al enterarse ella de que allá se baila mucho el porro, se muestra interesada en 
aprender algunos pasos para ejecutarlos en su presentación en esa ciudad. Al 
pedir que le indiquen quién podría enseñarle, le informan que Los  Romanceros 
tocaban muy buenos porros y que ellos podrían ayudarle. Así fue en efecto, y 
Jorge Valle y Alberto González se encargan de darle la clase que ella buscaba. 
Con su guitarra Jorge Valle punteaba un porro, mientras Alberto con las maracas 
llevaba el ritmo y le enseñaba a ella los pasos. Contaba Alberto que mientras 
Libertad bailaba con ellos, su esposo el pianista y compositor argentino Alfredo 
Malerba, se mostraba muy contrariado, y le pedía insistentemente que diera por 
terminada la lección.
 
Ella en tono fuerte tuvo que decirle, que la dejara tranquila que ella lo que 
estaba haciendo era trabajar, aprendiendo un nuevo ritmo. 
En agradecimiento por la clase de baile la estrella le obsequió a 
Alberto una postal con el retrato de ella y con una dedicatoria autografiada.

Del “Negro Adán” se cuenta una anécdota que puede ser única en la historia del boxeo mundial. Una vez, estando todavía joven se enfrentó en una pelea, organizada con todas las de la ley, a un púgil argentino de mucha categoría. El combate se había pactado a doce asaltos. Cuando empezó el primero, el negro se fue directo hacia el argentino y le dio un fuerte golpe en todo el pecho. Ese fue el único golpe que tuvo el combate. El púgil extranjero, de lo fuerte que era, no se movió de su sitio, y el Negro Adán, por el efecto de rebote, cayó sentado a sus pies. De allí no fue capaz de pararse, y se declaró vencedor en esta singular pelea al que había recibido el único golpe del encuentro. Cuando después le preguntaron que por qué no se había levantado, siendo que ni siquiera lo había tocado su contrincante, respondió: “Eche, ¿y tu querías que el argentino ese me jodiera?”.
Bueno,volviendo a la linda Libertad Lamarque, cuenta la historia, o puede ser leyenda, que en efecto ella viajó a Barranquilla y allí bailó su buen porro, con el “negro cipotudo que cocinaba de rechupete”




Con Alberto Granados (cantante)

Alberto Granados era un cantante reconocido y admirado en Colombia. 
 
Tenía la estampa de un actor de cine, la educación de un conserje y una voz muy 
particular, suave, aguda y algo nasal. Era llamado el poeta del bolero y tuvo éxitos 
como Voy gritando por la calle y Espérame en el cielo. Fue locutor de radio Todelar, 
Caracol y RCN, hasta que se lanzó a cantar. Compartió escenario con Víctor Hugo 
Ayala, Lucho Ramírez y Alberto Osorio. 
 
 
En 1957 estuvo en Medellín, y acompañado por Los Romanceros, se presentó en 
varios programas de la Voz de Antioquia, y en un teatro popular del sector de 
Guayaquil. 
 
Como era tan famoso, todas sus presentaciones atraían multitudes. Discos Sonolux, 
la empresa de la que era exclusivo, quiso que el cantante grabara algunos números 
con el respaldo del trío. 
 
Bajo la dirección del maestro Luis Uribe Bueno se efectuaron las grabaciones de 
las canciones Un minuto de tu amor y  Somos culpables,



Tenía este cantante alguna dificultad para medir bien las entradas que le correspondía hacer en las canciones. 

Por ese motivo, en las grabaciones el director le pedía a Alberto González que le 
marcara la entrada “Albertico dale la entrada”, y éste, con una palmadita en el 
hombro le indicaba a Alberto Granados el momento preciso para empezar a cantar.
 
 

Con Cantinflas (actor, cómico)

Mario Moreno- Cantinflas

A principios de la década del los años cincuentas, estuvo en Colombia el gran actor 
y cómico mexicano Mario Moreno, Cantinflas. 
 
En Medellín fue invitado un día al club Campestre, donde asistió muy elegante. 
 
En esa ocasión actuaban la orquesta de Lucho Bermúdez y el trío Los Romanceros.
 
En una de las interpretaciones de la orquesta, Cantinflas sacó a bailar a Matilde 
Díaz, con toda la seriedad que ameritaba un baile de gala como el que se estaba 
realizando.  Sin embargo, a la gallardía del baile, empezó a agregarle poco a poco 
esos pasos que le eran tan característicos, y que más que pasos, eran unos saltitos 
muy rápidos acompañados de un contoneo que sólo él sabía producir.
 
Las risas empezaron a escucharse, y a medida que él seguía mezclando la seriedad 
y elegancia, con la tan bien provocada ridiculez, se produjo en el salón de baile un 
aplauso general de reconocimiento al gran Cantinflas. Contaba Alberto González 
que esa fue la única vez que vio bailar a Matilde Díaz con algún hombre, ya que 
Lucho Bermúdez, su compañero, siempre fue muy celoso.

Mientras Cantinflas realizaba su cantinflesco baile, Jorge Valle con los brazos 
cruzados sobre su pecho, lo observaba detalladamente, y recordaba al  Mario  Moreno que había conocido en 1940 en Méjico. En una ocasión le tocó asistir a la grabación de una película en la que actuaba este actor  mejicano.

Recordaba ahora allí en el ClubCampestre, cómo el libretista de la película 
se moría de la risa, por las improvisaciones tan graciosas que hacía el joven 
cómico, haciendo caso omiso del libreto que se le había entregado. 
Ahora en el club, también el mismoCantinflas, estaba actuando por fuera del 
libreto. Con un vestido de gala, daba sus graciosísimos saltitos, que 
despertaban la admiración general.

viernes, 24 de septiembre de 2010

Galería de los recuerdos: Con Lucho Bermúdez (compositor, músico)

"Recuerdo aquella vez que yo te conocí, recuerdo aquella tarde, pero no recuerdo ni como te vi" 


A lo largo de todo su recorrido, Los Romanceros animaron muchas reuniones 
sociales,fiestas, serenatas y se cruzaron con importantes personajes de la vida artística y cultural del momento. He aquí algunas de estas historias...

 
En 1951 Los Romanceros se presentaron varias veces en el club Campestre de 
Medellín. 
Ese club tenía por entonces, una orquesta de planta que estaba causando furor en 
toda la ciudad. Se trataba de la orquesta de Lucho Bermúdez e interpretaba tanto 
ritmos costeños como del interior, con una gracia y una calidad que causaba 
admiración. Cuando la orquesta terminaba una tanda, el trío Los Romanceros iba 
de mesa en mesa atendiendo solicitudes de los asistentes. Así se alternaban cada 
noche. 
 
En alguna ocasión en 1950 coincidieron la orquesta de Lucho Bermúdez y Los 
Romanceros en un programa radial por la Voz de Antioquia. 
Ese día hasta actuaron en compañía, porque el trío le hizo el coro a Matilde Díaz 
en la interpretación de la guajira “Tierra Antioqueña”, creación del mismo Lucho 
Bermúdez. 
De este evento quedó una fotografía de recuerdo. Todos esos contactos, sumados 
a la relación que Jorge Valle y Lucho Bermúdez habían establecido en otra época 
en Cartagena, fueron creando una cierta camaradería, entre los integrantes de Los 
Romanceros y el maestro de Carmen de Bolívar.
 
 
En el barrio Robledo de Medellín, se construyó a mediados de la década de los 
años cuarentas una casa finca muy particular. Se trataba nada menos que de 
Salsipuedes”. 
En honor a esta casa campestre compuso Lucho Bermúdez en 1948, el porro que 
lleva el mismo nombre. 
 
La propiedad pertenecía al músico, escultor y decorador Jorge Marín Vieco. Este 
artista convirtió su casa en un sitio de acogida de artistas e intelectuales que iban 
allí por varios días, o aún meses, a compartir sus vidas con las de la familia del 
maestro Marín Vieco. 
 
 
En “Salsipuedes” estuvieron entre otros, además de Lucho Bermúdez y su familia, 
el músico Gabriel Uribe y su niña, que después sería la gran  pianista Blanca Uribe, 
el gran pintor y caricaturista Horacio Longas, los poetas Pablo Neruda, León de 
Greiff,Jorge Artel y el escritor nadaista Gonzalo Arango. Precisamente este último 
escribió sobre esta casa finca: “Salsipuedes es la humildad misma. Pero el amor, 
los sueños, la creación, consagraron esta morada en un templo al espíritu“.
 
Jorge Marín Vieco



A mediados de los años cincuentas Lucho Bermúdez invitó a los integrantes de 
LosRomanceros a pasar una velada en “Salsipuedes”. Fueron también invitados 
esa noche, el gran cantante de boleros chileno Lucho Gatica y la cantante y actriz 
mexicana Elvira Rios.
 
Lucho Gatica se hizo famosísimo en toda América Latina por su interpretación de 
boleros como “Espérame en el cielo”, “Bésame mucho”, “El reloj”, “Sabor a mí”, 
Contigo en la distancia”, y otros más. En aquella ocasión Gatica, en medio de la 
reunión sacó su guitarra y de una forma magistral empezó a ejecutar varias de sus 
famosas canciones con su voz profunda,en la que se percibía un sentimiento y una 
suavidad especiales.
 
Elvira Ríos fue la primera mujer en cantar boleros en América Latina; algunos la 
ponen al nivel de José Mojica. Tenía una voz dramáticamente grave, que le daba 
un tono especial a sus interpretaciones. Entre sus éxitos estaban “Vereda tropical”
 y “Solamente una vez”.
 
Al terminar la velada musical, se largó un fuerte y prolongado aguacero, que hizo 
que todos tuvieran que esperar un buen rato antes de emprender el regreso a 
Medellín. Durante la espera, mientras escampaba, Lucho Bermúdez lanzó una 
carcajada diciéndoles a todos: “Por eso esta casa se llama así, sal si puedes”.


 En otra ocasión, en el año 1953, se celebraba una fiesta de disfraces en el club
Campestre. Todos los asistentes, incluidos los músicos, tenían que ir de
disfraz. El trío iba a participar en esa celebración junto con la  orquesta de 
Lucho Bermúdez. Jorge Valle salió de su casa disfrazado de pirata, con un 
ojo tapado y todo el atuendo característico  de ese personaje. Estuvo
un largo rato tratando  que un taxi le parara para ir al club. Todos los taxistas 
al verlo con esa vestimenta, seguían derecho; probablemente pensaban 
que era un chiflado. Finalmente Jorge decidió regresar a su casa, se quitó 
el disfraz, lo guardó en una bolsa y luego de vestirse normalmente, ahí sí 
pudo tomar un taxi.

El maestro Lucho era muy amistoso con los integrantes de Los 
Romanceros. Cuando alguien le preguntaba por una buen trío para 
animar alguna fiesta o reunión, él siempre recomendaba, empleando 
términos muy elogiosos, a Los Romanceros. 

Cuando él vivía en la carrera Córdoba a unas dos cuadras del parque 
de Boston, invitaba a Jorge, Alberto y Esnoraldo Gil que era el tercer 
integrante del trío, a comer en su casa unos deliciosos tamales 
que le hacía una señora especialista en esa vianda.

En una ocasión, ya estando el trío con Enrique Aguilar, invitó no 
sólo a Los Romanceros sino también al gran cantante cubano 
Miguelito Valdés, “Míster  babalú” como se le conocía en todo el continente, 
y que en ese momento se encontraba realizando una gira por varios países. 
Él era un maestro para cantar no sólo música afrocubana, sino también 
guarachas y boleros. Muchos estudiosos consideran que Celia Cruz en lo 
femenino y Benny Moré con Miguelito Valdés en lo masculino son, como 
intérpretes, los más grandes fenómenos de la música popular cubana 
de todos los tiempos.

Casualmente, Alberto González cuando tenía unos diez y siete años, 
por allá en 1939, había presenciado la actuación en el Teatro 
Colombia de Barranquilla de Miguelito Valdés con la Orquesta Casino de
la Playa. Allí interpretó, entre otros números, dos de sus más grandes 
éxitos como fueron “Babalú” y  “Bruca maniguá” En sus actuaciones 
se cruzaba a un costado la tumbadora y con su voz y ritmo africano iba 
hechizando a la concurrencia. Miguelito a pesar del diminutivo de su nombre, 
era un hombre alto y acuerpado, cipotudo. En la invitación que les 
hizo Lucho Bermúdez, “Mister babalú”  y Enrique Aguilar se lucieron 
comiendo tal cantidad  de tamales, que asombraron, en medio de las 
bromas, a los demás convidados.

Sin embargo, la presencia de Miguelito Valdés no fue la única sorpresa 
agradable en esa ocasión. También estuvo en la tamalada, nadie menos 
que Anselmo Sacasas. En la gira venían Miguelito como cantante y 
Anselmo como pianista.


Anselmo Sacasas  hizo historia en la música de Cuba. Fue uno de los 
fundadores de la célebre orquesta cubana “Casino de la Playa”, 
y aunque oficialmente él no era el director, sí era quien hacía todos 
los arreglos. Sacasas tiene el privilegio de haber introducido los 
grandes solos de piano en las orquestas cubanas; es lo que 
se llamó el piano montuno.