viernes, 15 de octubre de 2010

ORQUESTAS 1940- 1943 ALBERTO GONZALEZ

Ya en el año de 1942, Rafael Roncallo era dueño de las Emisoras Unidas, y allí se presentaba el maestro cubano Roberto de Moya con su Conjunto Rítmico de Emisoras  Unidas.
Roberto de Moya, fue un gran músico y guitarrista cubano nacido en Santiago de Cuba en el año 1897. En su tierra natal fue compañero de Guillermo Portabales, el celebre autor e intérprete de “El  carretero”. Esta bella guajira es de las canciones cubanas más cantadas, y dice así en sus primeros versos:
Ay, por el camino de un sitio mío
un carretero alegre pasó
en su tonada que es muy guajira
y muy sentida alegré cantó
Posteriormente Roberto de Moya partió hacia Nueva York, y allí actuó como guitarrista acompañante de  Carlos Gardel en algunas presentaciones y películas, entre ellas “El día que me quieras”, filmada en marzo de 1935. Contaba posteriormente el maestro De Moya que durante las presentaciones en  Nueva York, uno de los músicos permanentes de Gardel se le quejaba a éste, de que le estaba pagando mucho dinero a De Moya por el acompañamiento. El gran Carlitos respondió: “Dejalo que coma,  estos gringos están repletos de dólares”. El maestro de Moya vino posteriormente  de gira por Colombia y se quedó primero en Santa Marta, y luego en Barranquilla. En el año 1941 cuando aún vivía en Santa Marta, el músico cubano fue contratado para hacer un programa en dicha ciudad, y como parte del elenco hizo venir desde Barranquilla al trío “Carlos Andrade y sus Muchachos”. Como el trío no tenía uniforme adecuado para presentarse, el mismo Roberto de Moya, les prestó unas típicas guayaberas cubanas. De recuerdo de esa presentación les obsequió una tarjeta en la que aparece el guitarrista  vestido de gaucho como lo estaba cuando actuó en la película antes mencionada de Gardel, con una dedicatoria y su propia firma.

Ya residenciado en Barranquilla, entre otras actividades, organizó el conjunto musical de planta  de  la emisora  La Voz de la Víctor. Esta radio se uniría en 1939 con la Voz de Barranquilla, para formar las Emisoras Unidas. El conjunto del maestro de Moya tenía el estilo cubano, e incluía guitarra, piano, bongó, tumbadora y voces.
Debido a la relación que tenía con Rafael Roncallo, alrededor de 1942 llegó hasta las Emisoras Unidas, el joven Alberto González, quien contaba entonces con veintiún años de edad, y, como ya se dijo, hacía parte del trío “Carlos Andrade y sus Muchachos”. También se mencionó ya, que era supremamente difícil vivir de la música en ese entonces en Barranquilla. Claro que  había oportunidades de actuación, pero el pago no era en dinero. Se invitaba a los músicos a esos eventos, y allí se les daba licor; solamente licor, ni siquiera comida. Por eso los músicos tenían que rebuscarse la supervivencia con otras actividades. Roberto de Moya se interesó por la voz del joven cantante y lo invitó a hacer parte de su conjunto. Alberto aprendió del maestro la interpretación de las canciones cubanas más famosas en esa época, como eran los sones y boleros de Miguel Matamoros.

Pedro Biava Ramponi nació en Roma en el año de 1902. Estudió en el Conservatorio Santa Cecilia de Roma. A los 24 años llegó a Barranquilla. En esa ciudad, como pedagogo musical, realizó una destacada labor en la Escuela de Bellas Artes y en el Conservatorio de Música de la Universidad del Atlántico. Creó la Orquesta Filarmónica de Barranquilla y la Ópera de Barranquilla, con la que alcanzó a montar obras como Rigoletto y La Traviatta. Esas obras las presentaba en  festivales que se hicieron  en Barranquilla y Cartagena. Era Pedro Biava, en verdad un gran maestro, y todo un caballero. Tenía también un concepto muy humanista de lo que debe representar el arte en toda sociedad. Para él, el arte no es un lujo, ni una diversión más. Decía  que la Filarmónica representaba  la conquista definitiva de un ambiente moral superior. En otra ocasión expresó que el arte debe ejercer una alta función social, pues es el gran educador de los pueblos.

En el año de 1943 en las Emisoras Unidas, además del conjunto de Roberto de Moya, se presentaba  también el grupo de cámara del maestro Pedro Biava, así como la Orquesta de las Emisoras Unidas que él mismo dirigía, y que interpretaba música popular. Cierto día, el maestro italiano invitó a Alberto González a que cantara con su conjunto. Alberto interpretó “Albur”, un bolero de Agustín Lara. Pedro Biava congenió bien con el joven cantante y lo invitó a que fuera a la Escuela de Bellas Artes, en donde él dictaba clases. Allí estuvo Alberto varias veces recibiendo lecciones de dicción, respiración y solfeo. También participaba como cantante de la orquesta en esa época, Carmencita Pernett, quien poco tiempo después viajó a Méjico, y allí se convirtió en una importante bolerista. Así mismo hacía sus actuaciones con la orquesta del maestro Biava, el músico cartagenero Gustavo Fortich, quien algunos años más tarde conformaría el famoso dueto Fortich y Valencia.

 En alguna ocasión, la Orquesta de las Emisoras Unidas del maestro Biava, fue contratada para actuar en el Hotel Caribe de Cartagena, en compañía de la Orquesta del Caribe, dirigida por Lucho Bermúdez. Esta agrupación se llamaba antes Orquesta Emisoras Fuentes, y tenía por cantantes a Bobby Ruiz y Cosme Leal. Dos de las principales canciones que interpretaba la Orquesta del Caribe se titulaban, “Joselito Carnaval”, y “Marbella”, este último, un porro compuesto por el mismo maestro Bermúdez”. En ese entonces Lucho Bermúdez era muy poco conocido en el interior del país, ya que nunca había salido de la región de la costa atlántica. Hasta Cartagena fue la Orquesta de Pedro Biava con sus dos cantantes Carmencita Pernett y Alberto González. Este conjunto interpretaba más que todo boleros, y otros géneros de música romántica. A manera de pura anécdota, el cantante Cosme Leal se le acercó a Alberto González, a expresarle la admiración por la voz que tenía: “Te he escuchado por la radio, cuando cantas con la orquesta. Tienes una bonita voz; cuídatela”. Leal era reconocido por sus finas maneras, y los demás músicos en son de burla lo llamaban “La dama de las camelias”. Posteriormente estuvo residenciado en Medellín, actuando con la orquesta de Lucho Bermúdez, y presentándose otras veces como solista.
Cuando a mediados de la década de los cincuentas, empezó el desgano oficial para seguir prestando apoyo a la Filarmónica, el maestro Biava, fue entrando en un decaimiento anímico. Se exageró su hábito por el mortal cigarrillo. Cada vez se sentía más acabado, por la forma como se iba derrumbando un trabajo de tantos años.

Volviendo a nuestra historia, a finales de 1943 el trío de Carlos Andrade viaja a Puerto Colombia con Rafael Roncallo y un primo de éste,  Nacho Dugand. Allá se presentó una situación muy delicada. En medio de los tragos, César el hermano medio de Alberto González, empezó a molestar al joven Dugand,  insultándolo y agrediéndolo.  Este último se exaltó tanto, que finalmente sacó una pistola con la intención de dispararle al  joven músico. Alberto, se interpuso entre los dos contendientes. “Mátame a mí primero, pero no a mi hermano”, así decía Alberto muy asustado. Afortunadamente el arma volvió a su escondrijo, y  los ánimos se fueron sosegando.

 Alberto quedó muy impresionado, muy adolorido. Recordaba  él, que  siendo muy niño, una vez  fue a cine, acompañado de César, a ver la película “El tren  arrollador”, con John Wayne. La multitud se enfureció cuando la cinta se reventó en el instante más emocionante. Los golpes contra la caseta de proyectores, que era de lata, enardecían aun más a los revoltosos. Empezaron entonces algunos a encender periódicos y a lanzarlos al aire. La gente corrió despavorida buscando todos al tiempo la salida. Caían unos sobre otros. César, tomó a Alberto de la mano y lo llevó hacia lo alto de las graderías. Allí esperaron hasta que todo se fue calmando. Dice Alberto que esa vez, su hermano le salvó la vida a él. Ahora era Alberto el que se la había salvado a César. Tomó la dura decisión de no volver a trabajar con su hermano. No era la primera vez que se presentaban problemas con él a causa del licor. Decidió entonces Alberto retirarse del trío de Carlos Andrade. A principios de 1944, César moriría de una cirrosis, luego de tomarse un vinito en una reunión familiar.

El gran Carlos Andrade también tuvo un temprano y trágico final. El y su esposa fallecieron en 1945. El murió a causa de una tuberculosis, y su señora que se encontraba en embarazo del primer hijo que tendría con Carlos, en un arranque de desespero por la prematura muerte del músico, se arrojó desde un bus en movimiento falleciendo ella y la criaturita.

Puede apreciarse entonces que en estos años de 1940 a 1943, Alberto empezó a tener una actividad importante, aunque  algo dispersa, como cantante. Hizo parte en esos años del trío  “Carlos Andrade y sus muchachos”,  participaba también como cantante del conjunto de Roberto de Moya y de la orquesta Emisoras Unidas de Pedro Biava, y no  olvidemos tampoco, la experiencia en la emisora “El Ranchito”

domingo, 3 de octubre de 2010

Josephine Baker

Josephine Baker fue un verdadero prodigio en la Europa de los años veintes, treintas y cuarentas del siglo XX. Aunque también era cantante y actriz, su principal arte fue el baile. Pero no el baile clásico, ni el ballet; sino el negro, el exótico, el de cabarets y salones de diversión. Un fenómeno como ella no se había presentado antes en el mundo occidental. Basta decir que fue la primera mujer negra que se convirtió en una estrella internacional del espectáculo.
Nació Josephine en los Estados Unidos en el año de 1906. Los ancestros de su madre eran  indígenas de los Apalaches y  esclavos negros de Carolina del sur. Talvez debido a ello, tenía una fisonomía sumamente peculiar. Su cabeza muy ovalada semejaba  una escultura antigua; en su cuerpo plenamente esbelto resaltaban  sus alargadas piernas. Como escribió alguna vez la revista “Dance Magazine”,  su “geometría” era perfecta para un entusiasta del cubismo o del Arte Deco.

La infancia de Josephine estuvo llena de dificultades afectivas y económicas. Su padre abandonó muy pronto la familia, por lo que su madre se dedicó a lavar ropa, mientras la niña y sus hermanitos permanecían en una habitación remendada con cartón y plástico. A los quince años se vincula como corista-bailarina en una muy exitosa comedia musical que se presentó durante todo un año en los sectores negros de Nueva York. Allí atrajo la atención del público  por su gallarda figura y sus largas piernas, así como por las improvisaciones tan cómicas que realizaba, al representar con gran destreza a una corista, que situada en la última fila del coro, era demasiado tonta para recordar las palabras que debía cantar, y demasiado descoordinada para mantenerse al paso de sus compañeras.
En 1925, Josephine Baker decide aceptar la oferta de irse a trabajar a París con una compañía de variedades dedicada a presentar música y bailes negros. En Francia cambia completa e inesperadamente la vida de la futura estrella. Decide presentar un baile en donde actuaba con muy poca vestimenta, con una pequeña falda formada de bananos. Inmediatamente esto es visto por el público parisino, como un espectáculo emocionante, en donde la exótica belleza negra se exhibe tal como es, contrastando con ese ambiente europeo tan refinado. Ese fue tal vez el gran acierto en ese período de su vida. Se le empezó a invitar a muchos  círculos de la capital francesa; todos los ojos estaban puestos sobre ella. Grandes artistas e intelectuales, principalmente de izquierda, se le fueron acercando. Posó para los fotógrafos y pintores más renombrados de la Europa de esos años. Pablo Picasso, la describió así: “Esbelta, piel café, ojos de ébano, piernas del paraíso, y una sonrisa para acabar con todas las sonrisas”. Ernest Hemingway, el gran escritor estadounidense,  pensaba que ella era “la mujer más hermosa que existía, que había existido y que existirá”. Otros intelectuales con los que compartió en esos primeros años fueron el escritor italiano Luigi Pirandello, el arquitecto Le Corbusier, el escritor francés Jean Cocteau, el pintor y   grabador francés Georges Roualt, y otros más.
Un crítico francés escribió alguna vez sobre la actuación que había presenciado de la bailarina de la falda de bananos: “¿Es un hombre?, ¿Es una mujer? Sus labios llevan pintura negra, su piel es color banano, su cabello, ya corto de por sí, está pegado a su cabeza, como si fuera hecho de caviar, su voz tiene un tono muy alto, ella se sacude continuamente y se mueve como una serpiente; el sonido de la orquesta parece que saliera de ella.”
A manera de anécdota, cuando el escritor- filósofo antioqueño Fernando González estuvo de cónsul en Génova, acudió con su esposa Margarita a una presentación de Josephine Baker. En una carta que en marzo de 1932 le envió a su suegro, el ex -presidente colombiano Carlos E. Restrepo, le comenta así su experiencia: “Anoche fuimos a ver a Josefina Baker. Una negra con nalgas poderosas; el que tuviera el cerebro tan desarrollado, como tiene las nalgas esta negra… A mí no me gustó, pero Margarita si quedó descrestada”. Tal parece que a Fernando González sólo le impactaron las “nalgas poderosas” de la bailarina. Como se verá un poco más adelante, Josephine era mucho más que únicamente su cuerpo.
Cuando se inició la segunda guerra mundial, se fue produciendo un cambio dramático en la vida de Josephine Baker. Al invadir a Bélgica el ejército nazi, la bailarina decidió enrolarse como enfermera de refugiados en la Cruz Roja, y luego cuando Hitler invadió a la misma Francia, Josephine se alistó en la llamada Resistencia Francesa, un movimiento clandestino para luchar contra las fuerzas de ocupación alemanas. Estaba encargada de transmitir información militar a un capitán francés, escondiéndola bajo sus ropas. Ella aprovechaba que, como era un  personaje del mundo musical, los alemanes le permitían desplazarse con relativa facilidad.


En octubre de 1940 empieza una complicada temporada de viajes desde Londres, hasta Pau en el sur de Francia, y de allí  a España y Portugal, y finalmente a Sur América, llegando a Rio de Janeiro a finales del mes de noviembre. En diciembre de ese año está de regreso en Marsella- Francia en donde actúa  en una opereta, La Cróle de Offenbach, talvez la única que cantó en su vida.
En los dos últimos años de la guerra, se dedicó, por medio de sus presentaciones, a animar  las tropas aliadas en el Norte de Africa y en el Medio Este; ya pertenecía  como auxiliar a las fuerzas de Francia Libre. Al terminar las hostilidades el presidente del país, Charles de Gaulle, le concedió las distinciones de La Cruz de Guerra y La Legión de Honor por los servicios prestados a la república francesa.

En 1951 hace un viaje a los Estados Unidos. Al negársele atención, debido al color de su piel, en el  exclusivo  Stork Club de Nueva York empieza otro período de luchas; esta vez contra la discriminación racial en su país natal. Recordó Josephine a raíz de este incidente que tuvo en el lujoso club, cómo una vez a principios de los años treintas, mientras comía en un elegante restaurante parisino, una dama norteamericana que también estaba allí, llamó al jefe de meseros para exigirle, que “saque esa negra de  aquí; en mi país ella debería estar en la cocina”. No sabía la señora racista, que en Europa, la situación era completamente diferente a la de su país.
Josephine se dedica entonces a combatir el racismo en los Estados Unidos. Hace denuncias y emprende acciones de resistencia pasiva, contra la segregación o separación de negros y blancos. Por este motivo es acusada de comunista, y la CIA, central de inteligencia de ese país, abre un expediente para investigarla. En una declaración que hace en 1952, dice que “Los Estados Unidos no son un país libre. Tratan a los negros como si fueran perros”. En 1963, participa como oradora en la famosa Marcha de Washington al lado de Martin Luther King. Al año siguiente, invitada por su amigo Fidel Castro, viaja a La Habana en donde además de realizar varias presentaciones, graba uno de sus últimos discos, con varias canciones en español.

Desde el año 1954 hasta 1965, Josephine adoptó doce niños y niñas de diferentes razas y nacionalidades. Su objetivo era mostrar que realmente es posible la convivencia en paz de todas las razas y culturas por diferentes que ellas sean. En 1969 los recursos económicos de la bailarina se estaban extinguiendo, y parecía ya imposible seguir sosteniendo una familia tan numerosa. Por fortuna la ayuda económica de la Princesa Grace de Mónaco, le permitió  continuar reunida con todos sus hijos adoptivos.

Describiéndose a sí misma Josephine Baker, dijo al final de sus días: “Realmente yo nunca he sido una gran artista. He sido un ser humano que ha amado el arte, que no es lo mismo. Pero tanto he amado y creído en el arte y en la idea de la hermandad universal, que he puesto todo lo que tengo en ello, y he sido bendecida.”
Finalmente, dijo que nunca se sintió amedrentada por nadie.”No me ha intimidado nadie. Cada uno tiene dos brazos, dos piernas, un estómago y una cabeza. Piense en eso.”
Después de esta corta excursión por fuera de Colombia, regresemos apuradamente a la Barranquilla de 1940. En una ocasión a finales de ese año, Rafael Roncallo invitó a Carlos Andrade y Alberto González a un evento muy especial, y muy costoso. Se trataba de tomarse unos “traguitos” en un cabaret en donde  iba a presentarse una bailarina muy famosa internacionalmente, de nombre Josefina. En todo el mundo se le conocía como Josephine Baker. Esta bailarina  venía del sur del continente, estaba de paso por Barranquilla, y  tenía que viajar muy pronto a Francia en donde estaba comprometida para actuar en Marsella en una opereta de Offenbach. Alberto en ese año era todavía muy joven; acababa de cumplir los dieciocho años de edad. Al principio ni siquiera se  permitió que le sirvieran licor, pero la influencia de Roncallo, que era todo un personaje en la ciudad, logró que le llevaran un “wiskicito”. Josephine iba a actuar sólo en una canción; el resto de la noche, la rellenaban con otros músicos. El show grande era obviamente la presentación de la estrella internacional. Cuando salió la bailarina al escenario sonaron atronadores aplausos y gritos de saludo.



Empezó la orquesta a tocar cierta canción antillana, una especie de rumba cubana y Josephine en toda su plenitud, empezó a mecerse, llevando maravillosamente el ritmo de la rumba que se entonaba. Todos los ojos estaban fijos en ese “cuerpo como de palmera”. En medio de las luces de colores cambiantes del cabaret, la “perla negra” mostraba por qué se le consideraba la mejor bailarina del mundo.

De pronto a Carlos Andrade, se le ocurrió una idea que podía parecer una locura completa y desastrosa. Una idea que podía llevar al más grande de los triunfos, o igualmente al más ruinoso de los fracasos. Como él conocía muy bien a Alberto, mirándolo  de reojo, le hizo señas para que saliera a acompañar a la bailarina. Ahí mismo salió Alberto derecho hacia el escenario; mientras se desplazaba hacia allí, miró brevemente  a Roncallo, tratando de encontrar en la mirada de éste, la aprobación o no, del acto casi sacrílego que iba a realizar. Y al llegar al tablado empezó decididamente  a bailar como acompañante de Josephine. En los primeros instantes él esperaba que fuera a venir alguien de la administración del cabaret a retirarlo de malas maneras por lo que estaba haciendo, o que la misma bailarina interrumpiera su actuación, protestando por la presencia de aquel extraño acompañante. Pero lo más sorprendente ocurrió; se acompasó él tan perfectamente a la danza de Josephine, le tomaba el traje, como se acostumbra en ese tipo de baile, se le mostraba ya por un lado, ya por el otro, y en fin realizaba tan bien todos los movimientos que debía hacer, que la magnífica Josephine aceptó que el jovencito aquel continuara a su lado danzando. El público, valorando plenamente el suceso que había ocurrido, empezó a aplaudir con entusiasmo a los bailarines. Al finalizar la actuación todo fueron ovaciones para la gran Josephine que había consentido una compañía como la del joven barranquillero, y para éste por lo bien que lo había hecho, al lado de ese portento del baile.

Quedó tan satisfecha Josephine con la forma como había resultado su actuación, que le pidió al que manejaba el cabaret, que para la siguiente y última presentación que haría dos días después, le hablaran al joven para que la volviera a acompañar. En la prensa del domingo, que era el día de su despedida, salió un aviso invitando al público a disfrutar el baile de la famosa Josephine Baker, y se mencionaba en él, que iba a estar acompañada del bailarín profesional Johnny Alberto González. El administrador del negocio le agregó el “Jhonny” para que fuera más “artístico” y llamativo el nombre. Ese día regresó entonces Alberto al cabaret, pero esta vez no como cliente, sino como bailarín. Le pusieron un pantalón negro, una faja, a manera de ancho cinturón, de color rojo intenso, y una camisa de banca seda de mangas largas bombachas. Nuevamente el baile salió como la primera vez; el triunfo, una vez más, fue completo.

Sólo al cabo del tiempo, casi sesenta y cinco largos años, Alberto aprecia plenamente las dos presentaciones que hizo con la más famosa bailarina del mundo. En aquel momento lo tomó simplemente como una locura de juventud. Una anécdota más.

Tríos y más tríos

A principios de 1940, Alberto González conoció a dos músicos aficionados, Carlos Pirela, comerciante y guitarrista, y Hernando Guzmán, contador y guitarrista. Decidieron formar un trío por el puro placer musical, sin ninguna otra pretensión. Montaron en ensayos varias canciones, pero no llegaron a presentarse nunca  en público. Este fue el primer conjunto al que perteneció Alberto González y fue, por lo tanto, una experiencia muy importante en su vida artística. Allí empezó a darse cuenta  cómo debía coordinar su voz con la de los demás  integrantes y cómo medirse para entrar en el momento preciso con las guitarras acompañantes.

Poco tiempo después, en ese mismo año de 1940, Alberto fue llamado por su hermano medio César, para que se unieran a Carlos Andrade, un músico algo veterano, guitarrista y compositor, que quería formar un trío. Nació así “Carlos Andrade y Sus Muchachos”.  En ese tiempo Rafael Roncallo era un personaje muy conocido en Barranquilla. Cierto tiempo después, cuando llegó a ser alcalde de la ciudad, alguien lo describía así: “Rafael Roncallo era de doble ancho,  una cosa impresionantemente gorda y gruesa y alcalde, jocundo, compositor, bohemio; tu lo conociste, yo también, y todo el mundo… era una fantasía.”. Como el trío de Carlos Andrade tocaba   muchos boleros y algunas composiciones de Miguel Matamoros, Roncallo lo llamaba para que le animara sus  frecuentes reuniones y veladas.

Al decir de Alberto, “Carlos Andrade era un berraco”. Tocaba la guitarra con gran destreza y tenía un “tumbao”, un ritmo para interpretar canciones cubanas, que no era fácil encontrar  en la ciudad a alguien como él. Compuso Carlos varias piezas. Una de ellas se titulaba “El adiós del negro” y aunque nunca fue grabada, sí la interpretó mucho el trío en Barranquilla, y posteriormente en Medellín, a finales de los años cuarentas y principios de los cincuentas, era muy solicitada a Los Romanceros en reuniones y fiestas. Cuando Roncallo la escuchó la primera vez se quedó sorprendido, y frecuentemente le pedía al trío de Carlos Andrade que se la cantaran. Esta obra era un “bambuco costeño”, muy diferente al bambuco del interior, y se cantaba con el acento y el ritmo que tiene un “negro palenquero”  al hablar. Algunas estrofas de ella, son estas:

Adió mujee que me diite/  el icaco de tu boca/ y con la pasión má loca/ dormí en tu pecho que me diite/ No me quiereej ya queree/ ayyy mujee/ el llanto me vuevve loco/ y el doló me vuevve triite/ No tiene maj agua  un coco/ quel llanto que tu me diite/no me quiereej ya queré/ ayyy mujee/

Para entender mejor la analogía que se utiliza en este bambuco, debe saberse que el icaco es una fruta,  colorada o púrpura oscura, muy llamativa.

Otra canción que compuso Carlos fue el bolero “Leonor”, que dice así en sus primeras líneas:
Aunque tarde en la  vida te conocí/ has hecho que todo cambiara para mí/ Con todos tus encantos y todo tu candor/ te has robado mi alma, linda Leonor/.

También fue obra del mismo compositor el porro “La niña”, que tiene un versito muy pegajoso, que dice así:

La niña quiere que yo la quiera/ pero no quiere la niña/ que yo la siente en mis piernas/
Cuando Rafael Roncallo, escuchó esta pieza le pidió a Carlos que se la regalara, que él quería aparecer como su compositor; así lo aceptó el guitarrista, y Rafael aparece desde entonces como su creador. Algo parecido ocurrió con el bolero titulado “Corazón”. Roncallo, escribió un poco de la letra, y Carlos Andrade la completó y le puso la música. Esta quedó también oficialmente compuesta por Rafael. Debe mencionarse que en el trío se vivía una amistad con Rafael Roncallo. Al entregar Andrade algunas de sus composiciones no lo hacía ni engañado, ni presionado, sino porque quería obsequiarlas.

Estas dos últimas canciones mencionadas “La niña” y “Corazón”, fueron grabadas posteriormente por la “Emisora Atlántico Jazz Band”, una agrupación que interpretaba magistralmente muchas clases de música, entre ellas algunas provenientes de los Estados Unidos. El director de la agrupación era Guido Perla, y la mayoría de los arreglos los hacía Francisco de Asís Galán, después conocido como el maestro Pacho Galán. Este conjunto, fue la continuación de la célebre Orquesta  Sosa, primera orquesta de música caribe que tuvo Barranquilla por allá a mediados de los años treintas. Esta agrupación tras la muerte de su fundador, el músico santandereano Luis F. Sosa, pasó a ser dirigida por Guido Perla en 1940, adoptando al mismo tiempo, su nuevo nombre de “Emisora Atlántico Jazz Band”.

Puede apreciarse pues la estrecha relación que tenía Rafael Roncallo con Carlos Andrade y sus dos compañeros Alberto y César. En su apartamento, y acompañado de sus amigos, Roncallo pasaba agradables ratos en ese entorno particularmente romántico. Las boas que reptaban por la vivienda y que él mismo alimentaba durante la velada, mientras todos disfrutaban de la buena música, producían un ambiente muy particular, casi surrealista El único gran pero, era que a sus músicos él no acostumbraba pagarles nada, sino que les daba trago y algunos pasanticos o picadas. De esta manera Alberto González se fue formando en la música, aunque no viviera de ella.

El Ranchito

Por allá en 1940 existía en Barranquilla una emisora de radio llamada La Voz del Comercio de propiedad de Julio Valderrama, un negociante antioqueño; y no se tome esto como un pleonasmo, porque la verdad sea dicha, Don Julio sí que era  muy buen negociante. Por algún motivo, él tuvo que clausurar su estación, pero a pesar de todo, siguió empeñado en inundar a Barranquilla con sus ondas hertzianas. Fue así como se trasladó con sus equipos a un sector que en ese entonces quedaba en las afueras de la ciudad. La Ceiba era un caserío, con construcciones  de madera, mucha vegetación, culebras, canarios, monte, y habitado por familias de trabajadores.

En La Ceiba vivía el español Manuel Alberto González Jesús con su esposa, tres hijas y su hijo Alberto González. Cuenta Alberto hijo, que en una jaulita acostumbraba guardar un par de canarios. Al levantarse un día, descubrió que en lugar de los dos canarios había dos pequeñas serpientes. Cualquiera pensaría inmediatamente en la evolución acelerada de las especies. Nada de eso. El asunto es que ellas no pudieron salir por donde habían entrado, porque estaban ahora más gorditas, debido al plumífero alimento que se habían  tragado. Sin pensarlo dos veces, el niño se dirigió con su jaulita, sostenida en una larga rama, a una lagunilla que había por allí cerca. La sumergió un rato, hasta que los  alargados animalitos dejaron de retorcerse. No es una historia propiamente ecológica, ni para ir contándola por ahí a los niños, pero así sucedió; no todo tiene que terminar con una sana moraleja.

 Bueno, el asunto es que en una casa del caserío de la Ceiba,  instaló el señor Valderrama una emisora ilegal, que hoy llamaríamos pirata. Su casa topaba en la parte de atrás con el solar de la casa de la familia del ciudadano español Manuel Alberto González.
Don Julio llamó a su emisora, El Ranchito. El asunto es que él era muy buen antioqueño, y lograba que su “emisorita” se escuchara en toda Barranquilla. Por lo tanto, podía hacerle publicidad pagada a varios negocios de la ciudad.  Se inventó el dueño de la emisora unas presentaciones en vivo que anunciaba de la manera más atrayente y espectacular posible. Vinculó entonces a una serie de artistas, algunos de ellos aficionados. A cada cual lo llamaba con un sobrenombre bien llamativo. Uno de ellos era Carlos Gutiérrez, un cantante que años atrás había hecho parte de un buen trío dirigido por el gran músico Carlos Andrade. Debido al color de la piel de Gutiérrez, Julio Valderrama rítmicamente lo apodó, “El negrito cachumbambé”. Como Alberto vivía en la casa de atrás a la de la emisora, le quedaba muy fácil llegar a la estación saltando una tapia de cañas que separaba las dos casas. Entonces Don Julio anunciaba en estos términos la presentación de Alberto: “ ¡Ahí vieene..., saalta..., llegooó..., El Tarzánn de la Ceiba ¡”. También llegaron a actuar allí Adela, hermana de Alberto, y un saxofonista de apellido Marimón, que se encargaba de los porros. Los cantantes eran acompañados por Alfonso Pérez en un viejo piano que Don Julio llevó hasta ese apartado lugar.

Todos los días la programación empezaba con el porro “La vaca vieja”, interpretado por Marimón y  su saxofón, acompañado por el legendario instrumento de teclas. Era tan maravillosa la forma como Don Julio anunciaba a sus artistas, que llegó un momento en que, de distintas partes de la ciudad, llegaba público para presenciar ese original espectáculo de tarzanes y chachumbambés.

Uno de los principales clientes de El Ranchito, era el libanés Nicolás Manzur. Don Julio enviaba a sus artistas con un bono, para que este comerciante les pagara en especie las presentaciones que hacían en la emisora. De esta manera ellos se surtían de ropa y zapatos que obtenían a cambio de sus actuaciones. Así consiguió Alberto un par de zapatos tenis y unos pantalones de dril que le sirvieron mucho en Barranquilla, y que aún en Medellín llegó a ponerse, aunque algo gastaditos. Como todo lo bueno se acaba, y “lo ilegal no paga”, cayeron las autoridades sobre la emisora y ésta salió, ahora sí  definitivamente, del aire.

Serenata al medio día

Tenía Alberto González unos quince años de edad cuando entró a trabajar en el Garaje España fundado en 1927 por el catalán Pablo Morell. Allí se guardaban y lavaban carros, y existía además una bomba de gasolina. Al joven González le tocaba llevar la cuenta de la gasolina que se consumía, y también llevar los vehículos que los clientes dejaban en el patio hasta colocarlos en las celdas de parqueo. Debía poner mucho cuidado  que los otros empleados del negocio no sacaran los carros a dar una “vueltecita por ahí”, sin el permiso de los dueños. Al lado del garaje, que a propósito tenía una fachada republicana muy bien lograda, estaba la casa del señor Morell. Este tenía tres hijas, entre los trece y quince años de edad. Aquí viene la música. Como Alberto se mantenía cantando y le gustaba una de las niñas, cuando estaba desocupado, y a veces sin estarlo, pasaba a cantarles desde la calle. Ellas se asomaban al balcón a recibir esa serenata diurna. Parado en la mitad de la acera, con los brazos abiertos y dirigiéndolos hacia ellas, les cantaba así: ¿Dónde estás amor, cuándo vienes a mí?,… y ahí seguía con la canción,… y luego otra más,… y ahí viene Don Pablo. Porque cuando el catalán se daba cuenta de la serenata, se acercaba al cantante y le decía: “Vamos, tu cantas muy bien, pero vete a trabajar”. Seguramente estas fueron las primeras serenatas que dio en su vida el futuro romancero.

Televisión en carne y hueso

La televisión empezó a transmitir sus imágenes y sonidos, a finales de la década de los años veintes en los Estados Unidos. En Colombia sólo en 1954 se inauguró oficialmente este medio de comunicación. Sin embargo, en Barranquilla alrededor del año 1936, existía ya la televisión. Era algo muy peculiar. Su inventor  fue el cantante de ópera español Paco de la Riera. Este señor alquiló para su invento la terraza de una casa de un solo piso, situada en todo el Paseo Bolívar.
Armó Paco en dicha terraza, un escenario que  semejaba un enorme aparato televisivo.  Las imágenes no eran electrónicas sino reales, de carne y hueso. Es decir, era la mejor televisión del mundo, no superada ni siquiera hoy en día por la más avanzada de las tecnologías. La idea del señor de  la Riera era invitar a los artistas aficionados de  la ciudad a presentarse en esa enorme televisión de cartones y tablas, mientras que el público abajo los observaba, y los aplaudía o rechiflaba, según el juicio inapelable de ese monstruo de las mil cabezas. Porque el asunto no era sólo de  cantar alguna canción, así no más. No, tenían que someterse al veredicto de los televidentes que  se detallaban todo lo que ocurría allá arriba en ese gigantesco televisor. Más aún, al rechazado le caía desde lo alto del escenario, una capucha que le tapaba la cara, y le invitaba en medio de la gritería de los televidentes, a retirarse inmediatamente.

Hasta esa televisión callejera se acercó un niño de unos trece o catorce años, Alberto González. Estaba decidido a presentarse ante el público, pero le pidió a Paco que no lo amenazaran con la capucha que pendía como una guillotina encima de su cabeza. El señor de la Riera le dijo que se tranquilizara, que seguramente él iba a cantar muy bien, pero que si no lo hacía, ahí estaba la capucha. El niño González insistía en que no cantaba si tenía la capucha encima lista para caerle. Finalmente Alberto interpretó una de las canciones de José Mojica que desde hacía mucho tiempo  conocía, y  que  cantaba a todas horas. El aplauso del público y las felicitaciones  casi paternales de Paco de la Riera, sellaron ese día ya lejano, en que Alberto González se presentó en la televisión con las imágenes más reales del mundo.

Carlos Gardel

Carlos Gardel, más que un excelente y popular cantante de tangos era un ídolo. En todo el continente americano se le admiraba casi que irracionalmente. Todo en él era especial: el tono nostálgico y ligeramente nasal de la voz, su gallarda apariencia, su abierta sonrisa coronada por una blanquísima dentadura, las letras llenas de sentimiento de las canciones que interpretaba, y hasta el mismo misterio que rodeaba su persona, ya que ni siquiera se sabía, dónde ni cuándo había nacido. Por todo eso, Gardel era algo único.
De él decía en Niza, Francia, en 1931, el gran Charles Chaplin: “Su rostro, su presencia, su mirada, su arte, constituyen el centro de atención. “El duende”, “su ángel”, está presente en el rincón donde él sonríe, no importa quienes sean los hombres y las mujeres que lo rodean”.

Para ilustrar con un pequeño ejemplo la grandeza de Gardel, leamos una pequeña crónica escrita sobre la presentación de la película “Cuesta abajo” un cierto día del año 1934 en Buenos Aires, Argentina:
“Me veo obligado a describir un suceso único e irrepetible en la historia del cinematógrafo. Me tiembla la mano al escribirlo. Mientras se exhibía la película "Cuesta Abajo" -1934-, en Buenos Aires, verificamos la prueba que Carlos Gardel más que un cantante o un actor, era un poeta, un pequeño dios. Juzguen, ustedes, si es así, o no. Estamos en un cine cualquiera de la calle Corrientes. Resumiendo la tormenta moral del protagonista, evocando a la capital del Plata, empieza a escucharse en la sala, un quejido de bandoneón, una lágrima en la garganta, que, poco a poco, se transforma en una canción:
"Si arrastré por este mundo/ la vergüenza de haber sido/ y el dolor de ya no ser. / Bajo el ala del sombrero/ cuántas veces embozada/ una lágrima asomada/ yo no pude contener. / Si crucé por los caminos/ como un paria que el destino/ se empeñó en deshacer/ si fui flojo, si fui ciego/ sólo quiero que hoy comprendan/ el valor que representa/ el coraje de querer..."El público guarda un silencio de funeral, también llora.
"Por seguir tras de su huella/ yo bebí incansablemente/ en mi copa de dolor/ pero nadie comprendía/ que si todo yo lo daba/ en cada vuelta dejaba/ pedazos de corazón. / Ahora triste en la pendiente/ solitario y ya vencido/ yo me quiero confesar/ si aquella boca mentía/ el amor que me ofrecía/ por aquellos ojos brujos/ yo habría dado siempre más..."
Un breve silencio. Y tras los sollozos, alientos entrecortados, irrumpe un grito tímido y violento, sufriente e implorante: ¡O LA PASAN OTRA VEZ, O QUEMAMOS EL CINE!”
Colombia no fue la excepción para esa casi veneración, que se le rendía en todas partes a Carlitos Gardel. El 4 de junio de 1935 el gran cantante llegó a Barranquilla. Allí se presentó en el Teatro Apolo. Al día siguiente asistió a La Voz de Barranquilla, de Luis Pellet Buitrago, la primera estación de radio comercial que existió en el país. Desde el balcón de la emisora en el segundo piso de la edificación saludó a la delirante multitud agitando un blanco pañuelo. Allí debajo de ese balcón, a escasos tres metros del ídolo, estaba un niño de trece años, Alberto González de la mano de su padre. Gardel permaneció tres semanas más de gira por el país.

Cuando salía de Medellín, el avión en que iba a viajar se estrelló en la pista con otro allí estacionado. Fue una auténtica tragedia no sólo por el incendió que carbonizó a pasajeros y tripulantes de ambas naves sino más que todo, porque ese fue el fin de Carlos Gardel y el inicio de una eterna leyenda. Es muy difícil describir la reacción de la gente ante tan monstruosa noticia. En Barranquilla se lloraba en las casas y en las calles, tal como si a cada uno, se le hubiera muerto su propia madre. La emisora La Voz de Barranquilla, se inventó un programa llamado Micrófono Abierto, en el que todo el día desfilaba la población expresando su dolor de todas las formas posibles. En la ciudad una jovencita se roció con gasolina y se prendió fuego, porque quería morir carbonizada como le ocurrió a su venerado.  Un artista, inventó un porro, nostálgico por su cadencia; él mismo se acompañaba con su guitarra.
 
Después de tantos años, Alberto ha recordado y rescatado esta canción que nunca fue grabada, ya que sólo se cantó en el programa Micrófono Abierto. La letra contiene los títulos de varias de los principales éxitos del gran cantante. Decía así:

Gardel, cuesta abajo rodó tu bella y profunda vida/  Pobrecita golondrina, se fue para no volver/  En luces de Buenos Aires y melodía de arrabal/  Cantando tu caminito, los corazones hiciste llorar/

El mismo Gabriel García Márquez,  en su libro de memorias “Vivir para contarla”, narra lo que significó Gardel para él, cuando tenía sólo siete añitos:
“Sin embargo, mi urgencia de cantar para sentirme vivo me la infundieron los tangos de Carlos Gardel, que contagiaron a medio mundo. Me hacía vestir como él, con sombrero de fieltro y bufanda de seda, y no necesitaba demasiadas súplicas para que soltara un tango a todo pecho. Hasta la mala mañana en que la tía Mama me despertó con la noticia de que Gardel había muerto en el choque de dos aviones en Medellín. Meses antes yo había cantado Cuesta abajo en una velada de beneficencia, acompañado por las hermanas Echeverri, bogotanas puras, que eran maestras de maestros y alma de cuanta velada de beneficencia y conmemoración patriótica se celebraba en Aracataca”.

sábado, 25 de septiembre de 2010

Con personajes de la vida Nacional: Carlos J. Echavarría

Los Romanceros trovando con el Presidente de la República Mariano Ospina Pérez


Foto autografiada del Presidente de la República Mariano Ospina Pérez para  Los Romanceros
 
Carlos J Echavarría fue el símbolo del empresario antioqueño emprendedor de 
mediados del siglo XX. Era nieto de Alejandro Echavarría quien en 1907 había 
fundado la empresa Coltejer, y en 1916 el el hospital San Vicente de Paúl.
Desde 1940 hasta 1961 Carlos J. Echavarría fue presidente de Coltejer, la 
principal y más grande empresa de Antioquia, y una de las más importantes del país.
 
Era Don Carlos J. de estatura regular, un poco robusto, y en lo personal, muy 
metódico y disciplinado. En las reuniones y fiestas en el club Campestre
permanecía siempre con un vaso de licor en la mano, pero en toda la noche no
se tomaba más de dos o tres whiskys. Nunca se le vio descompuesto o ebrio.
Ya desde mediados de los años cuarentas Los Romanceros era su trío de
confianza.
Cuando en 1948 el Presidente de la República Mariano Ospina Pérez vino a 
Medellín, luego de los eventos trágicos del 9 de abril de ese mismo año, asistió
a una reunión que se celebró en la residencia de Carlos J. situada en el Parque
de Bolívar. Ante la inquietud manifestada por el presidente Ospina sobre
las condiciones de seguridad de la casa, y de la calidad de las personas que
asistirían al evento, el anfitrión le explicó que todo estaba muy controlado, y
sobre el trío le dijo: “Los Romanceros, son mis músicos”.
 
Carlos J. Echavarría era muy antioqueño en su lenguaje. En las reuniones le 
pedía con frecuencia al trío que le interpretaran el tango-bolero titulado
“Pecado”, y lo hacía diciéndoles así: “Muchachos, pecao “, al tiempo que
levantaba un poco la mano derecha, donde llevaba su vaso de whisky.

Cuarteto Victoria, Rafael Hernández, Bobby Capó, Myrta Sylva


Rafael Hernández nació en Puerto Rico en 1892. 
 
Estudió en el Conservatorio de México y luego viajó a Cuba 
en donde compuso la celebre rumba “Cachita”,que es un himno de la música cubana. Fundó el Cuarteto Victoria con el que, presentaba sus numerosas creaciones como “Lamento borincano”, “Capullito de alhelí” y muchas otras más. En junio del año 1949 el Cuarteto Victoria estuvo en Medellín. 
 
Con el conjunto venía el cantante y compositor puertorriqueño Bobby Capó, autor entre otras melodías de “Cabaretera” y de “Piel Canela”. 
También hacía parte del cuarteto la famosa cantante y
compositora de Puerto Rico Myrta Silva, quien además tocaba timbales, maracas y guitarra. El cuarteto Victoria se presentó en El Cortijo. Esa noche también actuaron allí Los Romanceros. La cantante Myrta Sylva hizo un extenso preámbulo para presentar, lo que ella decía era su último y exclusivo éxito, una canción que se llamaba “La última noche”. La interpretó finalmente con gran calidad.
 
Cuando le tocó el turno a Los Romanceros. Jorge Valle y
Alberto González se hacían señas, como si estuvieran planeando algo. Ante la sorpresa de todos, especialmente de Myrta Silva, el trío cantó también “La última noche”.
La tenían muy bien montada y arreglada, pues Jorge Valle la había escuchado en emisoras del exterior por radio de onda corta. Fue una linda interpretación. No hay ni que
decir,cuál fue la reacción de Myrta al escuchar la que ella llamaba su canción exclusiva, se fue directo hacía donde estaba el trío y los insultó mientras salía enfurecida del establecimiento.El maestro Rafael Hernández y Bobby Capó, muy apenados les ofrecieron disculpas por la reacción de la cantante.
 

Con Lucho Ramírez




En los años 1958 y 1959 Los Romanceros grabaron
variosnúmeros acompañando al magnífico cantante vallecaucano Luis Alberto "Lucho" Ramírez. 
 
En un disco completo aparecen ellos como los
acompañantes en ocho de las piezas, y en otro, lo hacen  en cuatro de las canciones. Todos  los arreglos fueron hechos por el maestro Luis Uribe Bueno.
 
Al piano estaba siempre el gran músico barranquillero
Juancho Vargas.
 
Algunos de las interpretaciones de Lucho Ramírez con
Los Romanceros son:
Cuando tu me quieras”,“Aquel”, “Bonita”, “Palmeras”, “Quisiera ser”,“Si no eras para mí”.
 

Con Alfonso Ortiz Tirado


Alfonso Ortiz Tirado era una persona realmente especial. 
 
Este médico, cantante y filántropo mexicano nació en 1893 y falleció en 1960.
 
 
Primero fue médico ginecólogo y luego ortopedista, pero era también un verdadero 
enamorado del canto. A los 28 años era tenor de ópera en su país. Sin embargo, 
la satisfacción más grande la obtenía de la música popular, especialmente cantando 
boleros. Recorrió prácticamente toda América Latina, además de los Estados Unidos 
y algunos países europeos, interpretando canciones románticas.
 
 
Con el dinero que obtuvo en sus actuaciones musicales financió una clínica para 
niños desvalidos. A mediados de los años cincuentas, el Doctor Alfonso Ortiz 
Tirado vino a Medellín, para participar en una reunión de médicos ortopedistas.
 
 
Una cierta noche fue al restaurante El Escorial, acompañado de su esposa. 
Como él era un apasionado por la música, averiguó que en ese sitio se reunían 
los músicos que ofrecían serenatas. Estando allí preguntó por un guitarrista 
que quisiera acompañarlo en algunas piezas, por el puro gusto de cantar. Como 
El Escorial, era el sitio de encuentro de Los Romanceros, Jorge Valle se ofreció 
gustosamente. Y en efecto, esa noche el Doctor Ortiz Tirado, acompañado de 
Jorge Valle y de algunos aguardienticos, interpretó varias de sus más bellas 
canciones.
 

Con Libertad Lamarque (cantante y actriz)

 
En el año 1908 nace en Rosario, Argentina. 
Ella fue talvez la mujer más representativa de las artes escénica y musical en 
Hispanoamérica en el siglo XX. De sólo siete años empezó su carrera casi 
centenaria como actriz y cantante.  
 
Libertad Lamarque, llamada cariñosamente y conocida como “La novia de América”, 
al ser al mismo tiempo una gran actriz y una gran cantante, interpretaba sus 
canciones con un sentimiento escénico insuperable. En febrero de 1947 Libertad 
Lamarque hace su primera gira por Latinoamérica. 
 
 
En Medellín se presenta en el teatro Bolívar. A la recepción ofrecida a la diva en el 
aeropuerto de la capital antioqueña, asiste como uno de sus admiradores Alberto 
González integrante del Trío Los Romanceros. Al año siguiente, en enero de 1948, 
regresa la cantante argentina a Medellín. Nuevamente hace presentaciones en el 
Teatro Bolívar. Su próximo destino sería la ciudad de Barranquilla. 
 
 
Al enterarse ella de que allá se baila mucho el porro, se muestra interesada en 
aprender algunos pasos para ejecutarlos en su presentación en esa ciudad. Al 
pedir que le indiquen quién podría enseñarle, le informan que Los  Romanceros 
tocaban muy buenos porros y que ellos podrían ayudarle. Así fue en efecto, y 
Jorge Valle y Alberto González se encargan de darle la clase que ella buscaba. 
Con su guitarra Jorge Valle punteaba un porro, mientras Alberto con las maracas 
llevaba el ritmo y le enseñaba a ella los pasos. Contaba Alberto que mientras 
Libertad bailaba con ellos, su esposo el pianista y compositor argentino Alfredo 
Malerba, se mostraba muy contrariado, y le pedía insistentemente que diera por 
terminada la lección.
 
Ella en tono fuerte tuvo que decirle, que la dejara tranquila que ella lo que 
estaba haciendo era trabajar, aprendiendo un nuevo ritmo. 
En agradecimiento por la clase de baile la estrella le obsequió a 
Alberto una postal con el retrato de ella y con una dedicatoria autografiada.

Del “Negro Adán” se cuenta una anécdota que puede ser única en la historia del boxeo mundial. Una vez, estando todavía joven se enfrentó en una pelea, organizada con todas las de la ley, a un púgil argentino de mucha categoría. El combate se había pactado a doce asaltos. Cuando empezó el primero, el negro se fue directo hacia el argentino y le dio un fuerte golpe en todo el pecho. Ese fue el único golpe que tuvo el combate. El púgil extranjero, de lo fuerte que era, no se movió de su sitio, y el Negro Adán, por el efecto de rebote, cayó sentado a sus pies. De allí no fue capaz de pararse, y se declaró vencedor en esta singular pelea al que había recibido el único golpe del encuentro. Cuando después le preguntaron que por qué no se había levantado, siendo que ni siquiera lo había tocado su contrincante, respondió: “Eche, ¿y tu querías que el argentino ese me jodiera?”.
Bueno,volviendo a la linda Libertad Lamarque, cuenta la historia, o puede ser leyenda, que en efecto ella viajó a Barranquilla y allí bailó su buen porro, con el “negro cipotudo que cocinaba de rechupete”