martes, 13 de enero de 2015

QUE PELIGRO!

¡Qué peligro !



A mediados y finales de los años setentas, el centro de la ciudad se iba volviendo cada vez más peligroso, especialmente en las horas de la noche. En las afueras del bar Primero de Mayo, situado a pocos metros de El Escorial, era frecuente ver grupos de travestis esperando clientes para irse con ellos, o a peatones que por allí pasaban, para asaltarlos. Y  se veían también, detectives y policías dedicados a reprimirlos  violentamente. Algunas veces, los atacaban, les rompían su femenil vestimenta,  y los golpeaban; otras veces se los llevaban, no se sabe para dónde. Cuando llegaba la llamada autoridad, los disfrazados de mujer, corrían a esconderse. En una ocasión estando Alberto en la puerta de El Escorial, normalmente allí se encontraba, porque él era el que hacía los tratos con los clientes, un travesti asustado y tembloroso lo tomó del brazo suplicándole que si la policía que ya estaba allí se le acercaba, Alberto dijera que él, es decir el travesti, era su esposa. Que por favor lo salvara. Alberto lo tomó del brazo como si fuera su novia, hasta que la policía abandonó el lugar.

En otra ocasión, un hombre muy envalentonado llegó al bar Primero de Mayo. Puso su revólver sobre el mostrador con cierta altivez y levantando la voz dijo agresivamente, que él sabía que por allí había muchos atracadores. Que a ver, quién era el macho que se iba a meter con él. Casi inmediatamente, desde atrás le pusieron un revólver en la cabeza, recogieron el arma que él había puesto en el mostrador y le vaciaron los bolsillos. Salió de allí asombrado y  estremecido. Nunca más volvió.

Un cliente debía a Los Romanceros desde hacía bastante tiempo, unas serenatas que no había pagado. El muchacho aquel fue esa noche a El Escorial, y Alberto aprovechó para recordarle la deuda. El joven se puso sumamente agresivo y empezó a insultar al romancero. Este para calmarlo le respondió dándole un empujón en el pecho. El hecho es que ese individuo, empezó a perseguir a Alberto alrededor de los carros que estaban allí parqueados sobre la Avenida La Playa. Trataron de calmarlo, pero cada vez se ponía más violento. Los otros músicos y clientes allí presentes, le hicieron pantalla a Alberto para que, sin que el joven lo notara, entrara al restaurante a esconderse. Allí permaneció él un largo rato hasta que el muchacho drogado se retiró.

Otra vez, un detective a quien apodaban Pilatos, empezó a tomarle  odio  a Jorge Valle. Ese individuo, no se sabe por qué, no podía ver al romancero. Decía de él que era un engreído, y que iba a matar a ese ecuatoriano... y remataba con un vulgar y agresivo epíteto. Jorge Valle, era una persona absolutamente pacífica. No molestaba ni se metía con nadie. Por las noches, mientras esperaban la llegada de algún cliente, Jorge se sentaba en una mesa a leer el  periódico, hacer crucigramas, y tomar tinto. Cuando alguien se acercaba a él, el músico casi siempre  respondía con una sonrisa. La situación se  volvía cada vez más tensa, con las continuas amenazas del detective. Este individuo era dueño de un local en la zona de prostitución  de Lovaina. Un día en que estaba libre en su oficio de detective, se fue a atender su negocio  personalmente. Cuando estaba allí, llegaron varios sujetos al establecimiento y lo asesinaron de varios disparos. Parece que desde entonces no ha vuelto a asomarse por El Escorial.

El Camc es un centro cooperativo de algunos músicos de Medellín. Es un sitio de reunión en donde se vende comida y licor y los músicos cuadran los asuntos con sus clientes. Tal vez el primer presidente que tuvo ese centro fue Jorge Valle. Un día de los años sesentas llegó alicorado al Camc un conocido tenor llamado Jairo V. a pedir que le fiaran un cierto consumo que iba a hacer allí. El mesero le consultó a Jorge Valle, y éste respondió que no se podía fiar a nadie, porque así estaba estipulado en el reglamento. En los días siguientes Jairo V. fue varias veces al bar Primero de Mayo y a El Escorial, buscando a Jorge Valle para pegarle. Hay que mencionar que el conocido tenor era mucho más joven y fornido que el romancero. La última vez que fue a buscarlo, tuvieron que esconder a Jorge en uno de los baños del Primero de Mayo.  Afuera Alberto calmaba, empleando todo tipo de razones y artimañas, al famoso tenor. Jairito, no golpees al viejo; piensa que él no quiso ofenderte, no le hagas daño; eso son bobadas. Con esas palabras el agresor se  fue calmando, se retiró y nunca más trató de molestar a Jorge.

Panzuto era un famoso futbolista argentino que jugó en Colombia en la década de los sesentas. En Envigado había un taxista que se parecía mucho al futbolista; era algo grueso, de cara ancha y tenía una amplia calva. Debido a esa semejanza lo empezaron a llamar Panzuto. El taxista rápidamente empezó a incrementar su patrimonio. Ya era un señor que tenía varios guardaespaldas a su servicio y, como suele suceder en tales casos, poseía vehículos grandes y lujosos. Seguramente estaba exportando alguna mercancía hacia los Estados Unidos. Una vez, llamémoslo  ahora así, el señor Panzuto, fue a El Escorial para contratar a Los Romanceros. Iba el trío hacia Envigado en el mismo carro con el señor. Atrás, a pocos metros los seguía otro vehículo lleno de hombres armados, algunos de ellos con metralleta.

Primero le llevaron serenata a una amiga de Panzuto. Luego él los condujo al parque principal de ese municipio. Allí Los Romanceros, ante la sorprendida y agradecida mirada de los concurrentes, iban de mesa en mesa tocando sus conocidas canciones. Todo corría por cuenta del ex-taxista. Trago y buena música por cortesía del envigadeño que se parecía a un famoso futbolista. Él estaba muy contento. Varias veces le pidió a Los Romanceros que le interpretaran una canción titulada “Begin the  beguine” (“Empieza la danza”). Esa pieza estuvo muy de moda en todo el mundo en otra época, y en los años cincuentas  el trío la cantaba en los clubes de la ciudad. Ahora en  los setentas la cantaban en la plaza de Envigado. Estaba tan emocionado Panzuto cuando escuchó su canción preferida que a cada rato le metía, todo agradecido, billetes gruesos a Alberto en el bolsillo del saco mientras éste la cantaba. De verdad que era un hombre muy cordial.

Varias semanas después, el señor volvió a El Escorial preguntando por Los Romanceros. Pero ellos, apenas se dieron cuenta de que él se acercaba se le ocultaron. Así sucedió otras veces más. No volvieron a trabajarle a Panzuto. Se sentían muy molestos y expuestos al peligro, trabajando escoltados por hombres armados.


viernes, 9 de enero de 2015

INVITACION A VIAJAR CON TODOS LOS GASTOS PAGADOS

Los últimos años de la década de los cincuentas y prácticamente todos los sesentas, fueron de relativa paz en la ciudad. Al empezar los años setentas la situación empieza a cambiar. Ya se oye que hay personas dedicadas a enviar a los Estados Unidos ciertas sustancias prohibidas, pero muy lucrativas. 

Una noche llegó al restaurante El Escorial un cliente de gafas oscuras, y todo él, muy elegantemente vestido. Afuera del local estaba Arturito, es decir Arturo Correa Maya. Éste era el chofer que le prestaba el servicio al trío cuando iban a dar serenatas, y además los recogía y llevaba a sus casas. Arturito estaba dando vueltas a su llavero alrededor del dedo índice derecho, cuando el señor se le aproxima y le pregunta por Los Romanceros. Adentro están, mírelos allá, le contestó el conductor, haciendo girar  su llavero. Preguntó por Alberto González, y al saludarlo lo felicitó por la voz tan maravillosa que tenía. Insistió una vez más, con mucha cordialidad, en esa voz tan especial, tan fuera de lo común. Finalmente salieron con Arturito hacia el barrio Laureles. Allí vivía el caballero de gafas negras con su amada y algunos familiares de ésta. Los Romanceros estuvieron unas dos horas cantando en ese encuentro familiar. Como a las tres de la mañana, el cliente les dijo que les pagaría todo, incluido el servicio del taxi ese mismo día, pero temprano, en el hotel Bristol. Tenía que ser a las ocho en punto, porque esa mañana él tenía que salir de prisa a emprender un viaje muy importante. Nuevamente regresaron Los Romanceros al Escorial, y Alberto decidió esperar allí hasta que fuera la hora de reclamar el pago del trabajo que acababan de hacer. Arturito se quedó acompañándolo porque para él también había dinero.

Cuando amaneció, se dirigieron Alberto y Arturito al hotel Bristol situado en la zona de la avenida La playa con Junín. A las ocho en punto arribó el caballero de los anteojos oscuros. Saludó muy amablemente a Alberto, y le ofreció un whiski. Como estaba tan cansado y quería llegar pronto a su casa, Alberto no aceptó. Sin embargo el cliente insistió, y se sentaron a una mesa. Aquí tengo su pago y el del taxista, no hay ningún problema, le dijo a Alberto. Pero primero quiero hacerte una propuesta. Cómo es posible que una voz como la tuya se esté desperdiciando aquí en Colombia. Tengo todo arreglado para que te vayas para los Estados Unidos. Con un excelente guitarrista que allí conozco formarás un dueto maravilloso; ya le tengo el nombre, se llamará “Una voz y una guitarra”. No te preocupes por tu familia. A ellos les conviene, porque tú les podrás traer dólares. Vienes varias veces a Colombia durante el año y regresas  a Nueva York. Esos viajes serán muy importantes para ti. Alberto le respondía insistiéndole  una y otra vez, que él no podía dejar por ningún motivo a sus compañeros del trío.

Entonces el hombre de las gafas oscuras empezó a levantar la voz, y a presionarlo de una manera más directa. Le dijo que  tenía toda la información sobre él, que sabía dónde vivía con su familia y le dio otros datos que sorprendieron al cantante. Alberto se fue llenando de miedo. Arturito que esperaba un poco lejos de donde se estaba produciendo la conversación, daba vueltas a su llavero alrededor del dedo índice derecho, y estiraba el cuello para no perderse ningún detalle del “negocio”. Empezó a notar Arturito, que Alberto estaba blanco y tembloroso. El romancero pensaba que en cualquier momento, aquel hombre tan insistente, le dispararía con un arma de fuego. Finalmente, de una manera amistosa, Alberto mientras se levantaba nerviosamente, dio las gracias por el ofrecimiento que se le hacía  y empezó a retirarse. El hombre le entregó de malas maneras el dinero que les debía.


En el trío, esa misma noche todos coincidieron en que los viajecitos a los Estados Unidos que el cliente de Laureles le ofreció a Alberto, tenían un fin muy diferente, al de permitirle mostrar su gran voz en el país del norte. Jorge Valle  lo único que dijo, fue “hmmm, hmmm”, mientras esbozaba una enigmática sonrisa. Durante bastante tiempo Alberto estuvo muy preocupado, temiendo que le hicieran un atentado en su propia casa o en El Escorial.

UN ROMANCERO EN TODA SU MAGNITUD



Una madrugada, luego de haber trabajado toda la noche en un club de la ciudad,  Los Romanceros se fueron al Bar Andaluz, a descansar y tomarse unos aguardientes. Enrique Aguilar es un hombre de gran estatura, altísimo. Esa noche estaban los tres sentados alrededor de una mesa del bar y Enrique, como era su costumbre, tenía las piernas bien estiradas por debajo de la mesa, de modo que su cuerpo no sobresalía mucho del nivel de la mesa, y parecía así un hombre de estatura completamente normal. Un borracho empezó a molestarlos, como molestan los borrachos. Los insultaba, se iba, regresaba,  decía incoherencias y al fin, llegó  a amenazarlos. Insistía e insistía en sus amenazas, hasta que Enrique, poco a poco empezó a desenrollarse y a pararse de su asiento. A medida que lo hacía, el beodo empezó a darse cuenta de  la estatura de su rival y cuando el músico se le paró enfrente todo erguido, el valiente borrachito se sorprendió y salió de allí todo calladito.

DIFICULTADES



Desde los primeros años de existencia del Trío Los Romanceros sus integrantes estuvieron en contacto con la situación de violencia y de inseguridad que se ha  venido presentado en el país durante tantos años.

Conservadores contra liberales

Primero fue con los años que siguieron al 9 de abril de 1948. Se desató una ola de amenazas, desplazamientos y asesinatos cuya influencia en Medellín se sintió durante varios años. El sectarismo conservador, atizado por sus dirigentes y representado  por el color azul, perseguía a los liberales, identificados a su vez por el rojo. También se presentaba el caso contrario, es decir liberales que perseguían a conservadores.
De esta manera, cuando Los Romanceros debían salir de la ciudad para presentarse en un sitio cercano pero de influencia conservadora, sus clientes les advertían que no fueran a llevar corbatas de color rojo y ni siquiera un adorno pequeñito de ese color. En el camino podrían detenerlos y al encontrarles algo rojo en la vestimenta, correrían peligro. Hoy en día no se entiende cómo pudo suceder tal cosa; pero así fue.

En el año 1948, luego de los sucesos del 9 de abril la situación política del país era literalmente aterradora. Ya se dijo que existía una división muy fuerte entre los llamados partidos tradicionales,  y como el gobierno era conservador, entonces la mayor represión caía sobre los liberales. La policía estaba al acecho para detectar y castigar todo posible intento de protesta del pueblo liberal. Es que en ese entonces había pueblo liberal y pueblo conservador, y había mucho fanatismo alentado por los jefes de los partidos. Hoy en día, aunque todavía hay liberales y conservadores,  por fortuna son cada vez menos  los que lo son por sangre o tradición.

Bueno en ese ambiente tan peligroso un día estaba Ulpiano Morales que era integrante de Los Romanceros, tomando aguardiente en un bar de la calle Calibío cercano a la iglesia de la Veracruz, llamado  Andaluz. Él era liberal y a medida que se emborrachaba, empezó a gritar,  y cada vez más intensamente “Viva el partido liberal, viva el partido liberal””. No tardó en llegar una patrulla de policías, e inmediatamente la emprendieron contra Ulpiano deteniéndolo por alborotador. Ya estaban llevándoselo quién sabe para dónde, porque en ese  entonces también había numerosas desapariciones, cuando el músico en medio de  su embriaguez tuvo un destello de inspiración. Se le ocurrió algo que lo libró de aquella detención que fácilmente pudo haber sido mortal. Echándose  la mano a uno de los bolsillos del saco, buscó nerviosamente en medio de sus papeles de identificación una fotografía que  se puede decir, le salvó la vida. Muy convincentemente  se la mostró a los agentes, diciéndoles: “¿ussstedess son bbboboss o queé, no sssaben que él y yyyo sssomos amigoss?; miren, aquiiì estoy en una fiesta que tuvimosss, yo soy músssico del presssidente Osspina. Esss que a mí me gussta charlar asssí”. Estaba mostrando la fotografía en donde aparece el Trío Los Romanceros con el Presidente de la República, el conservador Mariano Ospina Pérez. Además, la foto estaba autografiada como para que no quedara duda de la cercanía del presidente con sus músicos.


En ese mismo año de 1948 también en el Bar  Andaluz, le pusieron un frío revólver en la cabeza a Jorge Valle. Le preguntaron secamente: “¿Liberal o conservador?”. Atinadamente el músico respondió que él era extranjero y nunca se metía en asuntos políticos, ni sabía nada de eso. Así era el ambiente en esos años.

sábado, 25 de octubre de 2014

UNA SERENATA DE LA "MACUA"

Ya en la década de los setentas una noche  Alberto esperaba afuera del restaurante El Escorial la llegada de algún cliente. Mientras tanto Tulio Parra y Jorge  Valle estaban adentro sentados en una de las mesas. Apareció de pronto un hombre manejando una motocicleta pequeña, y  con mucha pericia y delicadeza se bajó de ella, ahí en toda la puerta del restaurante. Este era un cliente muy particular, que les planteó a Los Romanceros una situación excepcional que no se les había presentado en los más de treinta años de vida artística del trío. Nunca antes Los Romanceros le habían llevado serenata a un hombre, y mucho menos si el cliente era hombre también.

La Macuá era un ganadero de la ciudad de Medellín muy aficionado, entre otras cosas, a las corridas de toros y al buen vestir. Después de explicarles de qué se trataba, Los  Romanceros salieron con él rumbo a  la casa del novio. Cuando llegaron a la vivienda de su amado, se abrió la puerta y salió un joven acompañado de su madre. Esa noche cantaron todas las canciones típicas de una serenata que se lleva a la novia querida, sólo que aquí se trataba del novio querido. A pesar de lo novedoso del acontecimiento, para el trío todo salió a las mil maravillas. De allí La Macuá llevó el trío a dar otra serenata. Esta era para su mamá de crianza. Fue muy triste lo que allí sucedió. El ganadero, recostado sobre su nana,  lloraba todo el tiempo y ella cariñosamente no cesaba de consolarlo. Todo fueron quejas, dolor, lamentos, lágrimas. ” En la familia no me quieren porque soy así;  me botaron de la casa, me botaron de la casa…”. Insistía en lo mismo una y otra vez. Con gran tristeza abandonaron el lugar Los Romanceros.


MIRA QUE ERES LINDA, QUE PRECIOSA ERES.

Mira que eres linda, qué preciosa eres.

Humberto Mejía era un  cliente especial de Los Romanceros; acostumbraba llevar bastantes serenatas con el trío. Una noche del año 1972, apareció por El Escorial, acompañado de un militar elegantemente uniformado. Se trataba del Brigadier General Jesús Velásquez Carrillo, quien era el Comandante de la Cuarta Brigada desde el año 1970. Querían llevarle una serenata a la esposa del oficial, en la casa de éste situada dentro de la brigada.

Luego de la serenata, el comandante le pidió al trío que le cantaran una canción a “la mujer más bella que existe”. 

Abandonaron la casa, y se dirigieron hacia la salida de la brigada, que da a la calle Colombia.  Aquí es muchachos, dijo el general Velásquez, y les señaló a una hermosa dama, sonrosada, que mostraba una dulce sonrisa y vestía un lindo manto crema y carmelita. Llevaba cargado la mujer  un niño de brazos,  con coronita dorada como la de su madre, y de mirar inteligente. El trío escogió rápidamente la canción que le dedicarían a la señora, “Mira que eres linda”. Empezaron a cantársela de esta manera:
Mira que eres linda/ qué preciosa eres/ verdad que en mi vida no he visto una virgen/ más linda que tú/ con esos ojazos/ que parecen soles…
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Y así continuaron, con su pequeña serenata a la mujer más especial. Ese día era la víspera de la fiesta de la Virgen del Carmen.

domingo, 31 de agosto de 2014

CONSULTORIO AMOROSO,AQUÍ LE RESOLVEMOS SU CASO

No sólo eran músicos los componentes del trío; también les tocó más de una vez, arreglar problemas de pareja. Cierta noche llegó un caballero, con sus buenos tragos encima, muy lloroso y triste. Quería que Los Romanceros le tocaran en la serenata varias canciones para agredir a su amada. Jorge Valle le dijo que, si lo que quería era insultarla, que fuera él mismo a hacerlo. El cliente respondió que eso no era lo que él realmente quería, porque él amaba mucho a esa mujer, y que él era culpable de que ella estuviera tan brava. Entonces llévele unas canciones bien bonitas, y rematamos con el bolero “Perdón”, le aconsejó Alberto. Salieron entonces para la casa de la esposa del cliente. Empezó a cantar el trío; nada que abría la puerta la señora, y el esposo lloriqueando todo nervioso. Finalmente llegó el momento de cantar la última canción “Perdón”, cuyas primeras palabras dicen así:

Perdón, vida de mi vida/  Perdón, si es que te he faltado/  Perdón, cariñito amado/  Ángel adorado, dame tu perdón/

Cuando cantaron la primera estrofa, ahí sí se abrió la puerta. Abrazados se contemplaban los reconciliados amantes. Después de recibir un “gracias muchachos”, prudentemente abandonaron el lugar Los Romanceros.

Don Antonio Henao Gaviria fue un importante periodista de la ciudad. Tuvo en su juventud la fortuna de haber sido el único reportero que transmitió en directo la tragedia en la que murió Carlos Gardel en Medellín. Henao Gaviria, acababa de llegar de los Estados Unidos, y allí aprendió que el periodismo moderno exige transmitir instantáneamente los hechos que vayan ocurriendo. Apenas supo que se habían estrellado dos aviones en el aeropuerto de la ciudad, salió a las carreras hacia ese sitio. Desde allí, y por medio de un teléfono, fue  narrando para La voz de Antioquia, todos los detalles de la tragedia que acababa de ocurrir.
También hizo historia este periodista porque probablemente fue el primero que en  Colombia hizo una transmisión en directo, en control remoto como se decía antes, de una presentación musical para varias emisoras del país. El maestro Luis A Calvo, uno de los grandes compositores colombianos de música clásica y popular, se encontraba recluido en el año 1940 en el municipio Agua de Dios, que era, hablando abiertamente, el pueblo de los leprosos. El maestro Calvo padecía la penosa enfermedad pero continuaba a pesar de eso, componiendo y ejecutando su música. Henao Gaviria, viajó a esa población, e hizo la transmisión para la Voz de Antioquia y otras emisoras nacionales, de la interpretación de algunas de sus obras que hizo el gran músico en el piano de la iglesia de Agua de Dios.

 Don Antonio tenía una hija hermosísima, rubia y esbelta. Obviamente tenía muchos pretendientes, pero su padre la cuidaba mucho, espantando “los gallinazos” que se le acercaban. Una noche, un joven fue a buscar a Los Romanceros para llevar una serenata. Cuando llegaron al sitio, y luego de abrir la novia la puerta, entró el muchacho acompañado del trío. Don Antonio Henao que estaba al acecho, dirigiéndose al enamorado le dijo como reconociendo su derrota: “¡Tuviste que asesorarte de Los Romanceros, no vergajo!”

PROHIBIDO EL DESPECHO

Prohibido el despecho

Los Romanceros tenían por norma que nunca cantarían canciones de despecho o insultantes contra la mujer. Y así lo cumplieron. Cuando salía una canción nueva, Jorge Valle estudiaba bien la letra, y si encontraba que se ajustaba a esa norma, la cantarían si se las pedían; en caso contrario, no lo harían por ningún motivo. Si alguien insistía en que le tocaran una canción de despecho, Alberto González que era quien lidiaba directamente con los clientes, terminaba recomendándoles otro conjunto que sí pudiera hacerlo.


A pesar de todo, cierta noche, no le fue tan bien al trío cuando estaban dándole una serenata a una amiga de Alfonso Mora de la Hoz. Una serenata completamente normal, hasta que se le reventó un par de cuerdas a la guitarra de Jorge Valle. Mientras éste las reemplazaba, Alfonso Mora tomó las maracas que Alberto tocaba y se puso a interpretar una canción de despecho bastante fuerte que estaba de moda en esos días, titulada “Hipócrita”.  Al poco rato salió uno de los hermanos de la novia y, como Alberto ya tenía las maracas nuevamente en sus manos, pensó que era Alberto el que le había cantado esa canción tan fea a su hermana. Empezó entonces a insultarlo y a recriminarle lo que había hecho. Afortunadamente Alfonso Mora explicó que era él mismo el que la había cantado, y que lo había hecho porque esa canción se escuchaba mucho. Afortunadamente el incidente no trascendió, por lo menos para Los Romanceros.

SERENATA




Competencia Nocturna

En la época de oro de las serenatas en Medellín, Los Romanceros trabajaban diariamente durante todo el año, con excepción del jueves y viernes santo. Normalmente en una noche daban en promedio cuatro o cinco serenatas. Había días especiales como el de la madre y el de los novios, en los que se daban más de quince serenatas.


En ocasiones se encontraban Los Romanceros cantando, y se presentaba otro conjunto que traía serenata muy cerca de donde ellos estaban. Casi siempre lo que hacía el trío era subirle “medio tonito” a sus interpretaciones. Así se lo insinuaba, con cierta graciosa malicia, Jorge Valle a Alberto González que siempre fue la voz primera, diciéndole: “Dele compadre, sáquela”,  y al otro trío o dueto no le quedaba más remedio que entrar a la casa de la novia porque quedaban opacados por Los Romanceros. Cierta noche ocurrió lo mismo con el trío ecuatoriano Los Embajadores. Sin embargo, este trío sí que  era de altísima calidad, y lo que hicieron los dos conjuntos fue ponerse de acuerdo. Un trío esperaba, mientras el otro cantaba una canción; luego le tocaba  el turno para cantar al primero, y así se fueron alternando hasta que ambos terminaron sus serenatas.

domingo, 27 de julio de 2014

AACHCHUUUU

A mediados de la década de los años sesentas, el trío efectuó un viaje para participar en unas fiestas que se celebraban en Bucaramanga. Allí estuvieron cuatro o cinco días, cantando varias veces en cada jornada. Uno de los primeros días, actuando en un recinto cerrado, alguien con el fin de crearle problemas al trío, dañó el equipo de amplificación que ellos estaban utilizando para poder ser oídos en todos los rincones. Como se dice hoy en día “les sabotearon la presentación”. Siempre existen personas que envidian el éxito de los demás, y sobre todo si el que triunfa es un forastero que viene a meterse a la casa ajena. Afortunadamente Los Romanceros estaban acostumbrados desde siempre, a “mesear”, es decir a cantar recorriendo mesa por mesa, y no necesariamente desde un escenario con micrófono a la mano. Eso hizo el trío en esta ocasión, y por suerte lograron una triunfal actuación del agrado de todos.

Sin embargo, al tercer día la garganta de Alberto González estaba muy resentida, prácticamente se le fue la voz. Tenía que hacer un esfuerzo grande para hablar, ya no digamos para cantar. Estaba tan ansioso que llamó a su esposa a Medellín para consultarle qué debía hacer. No podía seguir  cantando pero tampoco podía incumplir el contrato que tenían Los Romanceros. Ella le recordó que ya en Medellín se había presentado esa situación antes, y que Guillermo Vega el dueño de la Farmacia Santa Cruz, le había recomendado que hiciera gárgaras de petróleo, o que se lo untara directamente en la garganta con un aplicador. Parece mentira, pero de esa forma logró cantar otros días más sin forzar demasiado la voz.

 Ya en Medellín, la misma irritación de la garganta se le seguía presentando cada vez que había exceso de trabajo. Acudió al médico Horacio Muñoz Suescún, quien le recomendó que se extrajera las amígdalas, pero le advirtió  que la cirugía  podría desmejorarle un poco la calidad de la voz. Alberto no aceptó. Cuando fue a revisión algún tiempo después, y luego de haberse sometido una vez más al empírico tratamiento petrolero, el médico encontró las amígdalas en perfecto estado, sequitas. Ya no requería operarse. Alberto no le contó cuál había sido el remedio milagroso; secreto profesional, como se dice. De esta manera, el trío siguió contando con la primera voz que siempre había tenido, por quince años más. 

A propósito de lo anterior, fueron muy pocas las veces que los Romanceros dejaron de trabajar por problemas de salud. Las gripas normales las que nos dan a todos los mortales, las sobrellevaban sin incapacitarse. Siempre estaban en El Escorial, esperando a sus clientes, lloviera, tronara o estornudara. Más de una vez Jorge Valle padeció el virus de la hepatitis. Sin embargo, la debilidad no le impidió estar con sus compañeros ilusionando con sus canciones a las noviecitas de Medellín. Cuando sí no pudo la buena voluntad vencer a la enfermedad, fue en aquella ocasión en que una epidemia de paperas se desató en buena parte de la ciudad. En la década de los cincuentas era muy común que vinieran olas de gripa asiática o de poliomielitis, o de tos ferina, o de sarampión, o aun viruela. En el año de 1955 las paperas contagiaron a toda la casa de Alberto González, que más que una casa terminó convertida en un hospital. Durante cinco días dejaron de trabajar los Romanceros porque, cantar teniendo paperas, sí debe ser muy difícil. Finalmente una tarde, cuando apenas empezaba la convalecencia, Alberto se afeitó, se arregló, y salió. Debía cumplir con el compromiso que el trío tenía en una emisora de la ciudad.

En otra ocasión fue Tulio Parra quien sufrió una caída desde un techo que estaba reparando. Se fracturó varias costillas, y quedó bastante maltratado. Con todo el tórax vendado y fajado, siguió trabajando con  el trío, hasta que varios meses después desparecieron todas sus molestias.

Una noche cuando el trío tenía que animar una elegante celebración en la casa de uno de sus clientes, ocurrió un accidente de esos que, por las llamadas leyes de Murphy, sólo pueden ocurrir en el instante menos indicado: “Si algo va a fallar, lo hará en el momento más inoportuno”. Alberto González ya tenía todo bien dispuesto para la presentación. El traje del uniforme azul oscuro  había sido bien lavado y planchadito en la Lavandería Suprema.  Los zapatos relucían, y los blanquísimos puños de la camisa servían de fondo para las más sobrias y elegantes de las mancornas  que  Alberto poseía. El pelo lucía onduladito y brillante con su “Gomina Glostora””  y hasta las  mismas uñas, recortaditas y esmaltadas,  hablaban de la elegancia de su dueño.

Todo muy lindo hasta que en la comida del anochecer, uno de los dientes incisivos superiores, es decir, de aquellos que más se ven cuando uno habla o canta, resolvió abandonar la boca de Alberto, y fracturado cayó partido en varios pedacitos. Pocas cosas son más chocantes que ver a alguien elegantemente vestido,  exhibiendo uno o más agujeros en su vistosa dentadura. Tenía que hacerse  algo de prisa. Ya no había tiempo de ir a donde un odontólogo, y además en esa época no existían las hoy llamadas pomposamente “Urgencias Odontológicas Nocturnas”. Por fortuna, en ese entonces no se vendían arepas en paquetes, sino que cada familia compraba el maíz, lo cocinaba, lo molía, y asaba sus propias arepas. Inteligentemente a alguien en la familia se le ocurrió ir a la cocina, y buscar entre los granitos de maíz blanco, uno que fuera parecido al diente desertor. Unos parecían piedritas, otros, muelas y unos pocos tenían apariencia de diente. De estos últimos salió el salvador. Una vez hallado el sustituto, faltaba pegarlo. Ni silicona, ni pega-loca se había inventado todavía. Pero sí había chicle. Con un poco de chicle, ligeramente usado, el diente vegetal podía sostenerse en su sitio, por lo menos a ratitos, y así tapar, disimulada y transitoriamente, el inoportuno portillo. Además la mano colocada al frente de la boca, como hacen los intelectuales cuando quieren dar la apariencia de que  están pensando concienzudamente  lo que  van a decir a continuación, pudo ayudar a Alberto a pasar esa noche sin que se dieran cuenta de la teclita blanca que faltaba en su dentadura.


QUE LAS HAY, LAS HAY


En el año 1951 existía en la Voz de Antioquia una radionovela titulada “Frutos de mi tierra”. Se basaba en la novela costumbrista con el mismo nombre del gran escritor antioqueño Tomás Carrasquilla. El periodista Ignacio Isaza hacía los libretos. Allí se presentaban regularmente Los Romanceros. Todos los días interpretaban en vivo la introducción del programa y además en una especie de intermedio que tenía la radionovela, el trío tocaba otras dos piezas. Algunas veces a Alberto González le tocó silbar, simulando el canto de los pájaros, que se suponía llenaban ese ambiente campesino.

Con la fama del programa  “Frutos de mi tierra” a cuestas, el trío viajó en una ocasión  con Ignacio Isaza al municipio de Titiribí, en compañía del humorista Guillermo Zuluaga, Montecristo. Tenían contrato para presentarse en el teatro de la población. Antes de seguir con la historia debe mencionarse que meses antes, una noche en que el trío actuaba en el club Campestre, les ofrecieron licor a los músicos. Al pasarle el vaso a Esnoraldo Gil, que era en ese momento el tercer componente del trío, éste lo rechazó diciendo que él no tomaba trago. El mesero le preguntó: “ah, ¿usted es abstemio?” Y con la ingenuidad más grande el músico le respondió, no, yo soy Esnoraldo.
Parece un chiste, pero no lo fue. “El que cuenta esto es uno que lo vio, y dice la verdad; él sabe que dice la verdad, para que ustedes también crean” (Juan 19.35)

Bueno, ahora sí regresemos al viaje a Titiribí. Un vecino de Alberto González, Don Vidal Posada que conocía bien ese pueblo, apenas oyó que el trío iba para allá le dijo a Alberto que tuviera mucho cuidado con las brujas, porque en Titiribí sí que abundaban. Luego de la exitosa presentación en el teatro pueblerino salieron Los Romanceros un rato por las calles a conocer el ambiente. Había varias muchachas interesadas en acercarse a ellos, con cierto fin non santo. Tal vez, pensando que sus queridas esposas estaban en Medellín confiando en ellos, los tres romanceros se fueron derechito al hotel a descansar de tanto trajín como habían tenido.

Estaban ya acostados los músicos cuando de pronto Alberto se queja de una fuerte opresión en el pecho y abdomen; lo tranquilizaron sus dos compañeros diciéndole que como se había tomado unos tragos, estaba sintiéndose algo raro. Al poco tiempo sucede lo mismo con Jorge Valle. Una fuerte opresión como si alguien estuviera encima de él. Esnoraldo les dice, que como Jorge también tenía sus tragos le estaba pasando lo mismo que a Alberto. Remató Esnoraldo afirmando, que como él no tomó, porque nunca tomaba, ya vimos que era abstemio, a él no le iba a pasar nada de eso. Y he aquí,  que sucedió algo realmente extraño. Esnoraldo empezó a sentir la misma opresión que sus compañeros, alguien estaba encima de él. Y esta vez no valía el argumento etílico para explicar ese fenómeno tan anormal. En ese momento a Alberto se le vinieron a la mente las palabras de Don Vidal sobre las brujas de Titiribí, y recordó a las muchachas que estuvieron detrás de ellos, para estar “encima de ellos”.


UNA MUY TRISTE ALEGRÍA

Una muy triste alegría.

En esta ocasión no se trata de una presentación que hizo el trío, sino de una a la que ellos asistieron. En el año 1947 llegó a Medellín un circo pobre que se instaló en una de las mangas que todavía en esos años existían sobre la calle Colombia, unas cuantas cuadras más abajo de la carrera Carabobo, y antes de llegar al puente sobre el río Medellín. De este circo hacía parte Milton Peláez, un ecuatoriano que era el maestro de ceremonias, y además hacía una presentación tocando el banjo.

El banjo es un instrumento de origen africano, que se volvió muy popular en los Estados Unidos y en algunos países europeos. Es aparentemente una especie de guitarrita. Pero la gran diferencia es que su caja de resonancia es completamente circular y la parte superior de ésta  es de puro cuero. Es decir, esa caja es prácticamente un tamborcito. Tiene entre cinco y siete cuerdas y produce un sonido característico, muy diferente al de la guitarra o al de otros instrumentos semejantes.

El señor Peláez se encontró en Medellín con su paisano Jorge Valle, y lo invitó a que asistiera junto con los otros dos integrantes del conjunto a una función del circo. Cuando llegó el momento de la actuación de un cierto payaso del elenco, desde la arena, Peláez que también hacía de presentador, le hacía seña a Los Romanceros para que aplaudieran con mucho entusiasmo al payaso que en ese momento estaba haciendo sus gracias.  Así lo hicieron ellos, y aplaudieron más de lo normal las bufonadas que estaban viendo.
Cuando la función terminó, el banjista les explicó a Los Romanceros por qué era que les había pedido aplausos tan efusivos para el payaso. Hacía una semana habían enterrado en Puerto Berrío a su esposa, y él quedó solo a cargo de cuatro pequeños hijos. Después los llevó a ver las camitas donde estaban recostados los niños. El payaso tenía que seguir trabajando haciendo reír a los asistentes, a pesar del inmenso dolor que soportaban él y sus cuatro huérfanos.

Como recuerdo de esa triste función Alberto González salió con uno de los banjos que poseía el señor Peláez. Se lo compró para regalárselo a su niño mayor Albertico, que sólo tenía dos años. Una semana después el banjo no existía; el niño “lo volvió pedazos”, contó  Alberto.


viernes, 27 de junio de 2014

DOCTOR JORGE HENAO POSADA

El Doctor Jorge Henao Posada  fue un reconocido médico obstetra en Medellín, que ejerció su profesión desde mediados de la década de los años cuarentas, hasta finales de los sesentas. Trajo tantos niños al mundo que casi sin exagerar se podría decir que, literalmente medio Medellín nació en sus manos. Vivía con su esposa Isabel y sus hijos en una casa muy cerca al Parque de Bolívar en la carrera Venezuela, y tenían además una finca de recreo en El Poblado, llamada “Chabela”, en honor a su señora. Fueron muchas las ocasiones en que el Trío los Romanceros animó las fiestas que celebraba el Doctor Henao Posada en su finca. En esas reuniones casi se transformaba, y se convertía en lo que se llama un mamagallista.

 En cierta ocasión luego de un viaje que  hizo al Japón, les anunció secretamente a algunos de los invitados a una de sus fiestas, que había conseguido en ese país un líquido que delataba la presencia de orina en una piscina, porque tornaba roja el agua en la que alguien hubiera vaciado su vejiga. Eso lo hacía él, les explicó calladamente, porque había gente que en otras ocasiones se había estaba orinando allí, y quería resolver de una vez por todas ese “problemita”. Cuando algunos de los invitados que desconocían lo del líquido japonés, iban a empezar a entrar a la piscina, el Doctor Henao echó disimuladamente un poco de esa sustancia en el sitio donde se iban a meter. La primera que entró fue una respetable y hermosa invitada que muy tranquilamente empezó a remojarse. Al poco tiempo empezó a tornarse roja el agua alrededor de la dama. Los que conocían el significado de esa  mancha colorada empezaron a murmurar la imprudencia que había cometido la invitada. Cuando llegó hasta los oídos de ella misma, no se puede expresar su vergüenza  y el revuelo causado entre el resto de los asistentes. En ese momento el Doctor Henao Posada lanzó una sonora carcajada, y todos se dieron cuenta de que lo del químico delator, no era más que otra de sus pesadas bromas. La dama era completamente inocente. Como  dice Alberto González, en las fiestas, “El cabezón”, así llamaban cariñosamente al médico, tomaba el pelo, tomaba aguardiente y comía chicharrón.


La canción que nunca podía faltar en aquellas reuniones del Doctor Henao, era el graciosísimo corrido “Ay, chabela”, que estuvo de moda en los años cincuentas interpretado por Antonio Aguilar.  Él la pedía permanentemente al trío, en honor a su esposa Isabel.

LOS HERMANOS MORA DE LA HOZ

Jesús Mora fue un típico comerciante antioqueño, de esos que sin ningún problema abandonan su tierra buscando otros lugares donde puedan hacer buenos negocios. Don Jesús, así lo llamaba todo el mundo, viajó muy joven a Barranquilla y allí, vendiendo todo tipo de artículos de cacharrería, se hizo a un importante capital. Contrajo matrimonio con una dama barranquillera, y luego de vivir allí durante bastantes años, regresó a Medellín. Don Jesús Mora y sus  hijos formaban en la década de los cincuentas una familia muy emprendedora. Habían fundado en 1951 la firma Landers-Mora que, entre otras cosas, fabricaba las célebres ollas a presión de esa marca, y las máquinas de moler, o molino manual, utilizado especialmente para moler el maíz con que se hacían las arepas en los hogares antioqueños. También eran dueños los Moras de varios almacenes de electrodomésticos llamados Casa Mora y además, tenían la distribución en Medellín de varias prestigiosas marcas de automóviles a través de la firma Mora Hermanos.

Alfonso Mora de la Hoz, realizó un viaje a Europa en 1951. Llegó muy animado, con una canción francesa que estaba causando furor en el viejo continente. Se trataba de “La vie en rose”, esto es, “La vida en rosa”. La creadora de la letra era  Edith Piaf, pero la música era tan especial, tan pegajosa, tan típicamente francesa, que desde esos años se asocia casi inconscientemente  la vida bohemia parisina con esa melodía. Esa pieza dio la vuelta al mundo. Es de los éxitos internacionales más grandes en toda la historia de la música popular. Don Alfonso Mora le entregó el disco a los Romanceros, para que ellos lo adaptaran y se lo tocaran a él en las reuniones que acostumbraba hacer. Jorge Valle, en una radiolita ponía una y otra vez aquel disco, transcribiendo la música al pentagrama. El mismo Alfonso Mora logró que alguien hiciera la traducción de la letra al castellano.
En todas las reuniones en clubes y fincas, siempre les pedían esa canción. Como muchos no sabían el nombre verdadero de la pieza, la llamaban “La canción que le trajo Alfonso a Los Romanceros”.

Don Alfredo Mora de la Hoz, el mono como familiarmente se le conocía, contrató a finales de los años cincuentas a Los Romanceros, para que le animaran una reunión íntima que iba a celebrar con una amiga, una cantante argentina  de nombre Mary. Sucedió que, coincidencialmente para el mismo día y a la misma hora, Don Jesús Mora, padre de Alfredo, tenía un evento de mucha importancia con los altos empleados de su empresa y quería que el trío estuviera presente. En ese dilema, el conjunto cedió a los deseos y razones de Don Jesús, a pesar de que le habían dado la palabra primero a su hijo Alfredo. El asunto es que, ante el incumplimiento de Los Romanceros, Alfredo Mora montó en cólera, y a pesar del buen trato que siempre había dispensado a Alberto González, empezó a insultarlo y a amenazarlo. Llegó hasta el punto de quitarse la chaqueta para irse a los golpes con él. Toda esa indignación se debía a que su amiga y él habían permanecido toda la noche esperando la llegada de los músicos. Alberto lo único que pudo hacer fue reconocer la falta en que habían incurrido, dándole la razón en todo al señor Mora de la Hoz. Poco tiempo después toda la situación se normalizó y Alfredo Mora volvió a ser esa buena persona que siempre había sido con los integrantes del conjunto. Por allá en 1961 Alberto necesitó pagar una cirugía de las amígdalas que le hicieron a su esposa Silvia. Como en ese momento no tenía dinero, Alfredo Mora se lo prestó. Cuando varios días después Alberto fue a pagarle la deuda, el señor Mora  le dijo que eso no había sido un préstamo, sino un regalo para la salud de Silvia.

Alfredo Mora tocaba muy bien las maracas tanto que  Alberto González dice que sin ninguna duda, “el mono” las tocaba mucho mejor que él mismo. En una ocasión, Alberto le regaló a Alfredo uno de sus pares de maracas.  Eran de cuero, todas blancas y con un rico y lleno sonido.

Desde que Jorge Valle y Alberto González llegaron a Medellín, escuchaban de parte de  sus clientes muchas historias sobre los sitios a los que acostumbraban ir a disfrutar un rato, tomándose unos traguitos rodeados de ciertas compañías femeninas. Los hermanos Mora de la Hoz, contribuían a aumentar esa curiosidad con las anécdotas que frecuentemente les narraban. Hoy en día hablar de Lovaina, por ejemplo, es sinónimo de drogadicción, enfermedades, degradación humana, y prostitución de toda clase. A mediados del siglo pasado, la situación allí era muy diferente. Aunque nunca, en ninguna parte del mundo, ha dejado de ofrecerse o exhibirse el cuerpo a cambio de dinero, en ese entonces, cuentan los que vivieron esa época, ir a un sitio como Lovaina, era algo más seguro y hasta diríamos, más distinguido. Allí acudían profesionales y hombres de cierta clase social a tomarse unos tragos costosos y pasar un rato acompañados de amigos y de señoras dedicadas a ese oficio.

Marta Pintuco, Ana Molina, La Rumbos eran algunas de las orgullosas propietarias de esos sitios. Eran tan renombrados aquellos ambientes en el Medellín de esos años, que el mismo Fernando Botero  tiene un maravilloso cuadro llamado “La casa de Marta Pintuco”.


Aguijoneados por las historias de sus clientes, Alberto y Jorge fueron cierta noche a la casa   de Ana Molina en Lovaina.  Jorge Valle siempre se caracterizó por su buen genio, su tranquilidad y maneras educadas. Estando allí tomándose unos tragos, empezó a rondarlos un homosexual, que se llamaba a sí mismo Albertina. Le conversaba especialmente a Jorge, y con mucha maña se le acercaba cada vez más, allí en la mesa a la que estaban sentados. Pensaba Albertina, que la amabilidad de Jorge se debía a que tenía una preferencia especial con ella, perdón, con  él. Hubo un momento en que literalmente se le arrojó con el fin de abrazarlo. Y hasta aquí llegó la historia, porque corriendo como nunca lo había hecho en su vida, Jorge Valle salió como bala de cañón, y detrás de él Albertina gritándole una y otra vez, que lo quería mucho, que no lo abandonara. El romancero no dejó de correr hasta que mirando para atrás, dejó de distinguir ya a su empecinado admirador. Alberto, más tranquilamente, también salió corriendo detrás de Jorge, y cuando finalmente ambos se reencontraron, Jorge en medio de su sorpresa  no dejaba de proferir insultos a Albertina, por las  intenciones que había mostrado.

VIAJE A LA ETERNIDAD

En esta misma época, a finales del año 1956, los Romanceros fueron contratados por el gobierno militar para hacer un viaje a la Base Aérea de Palanquero, con el fin de amenizar un encuentro de generales de todo el país. A su regreso, el trío vino en un avión militar. Cuando estaban acercándose a la ciudad de Medellín, uno de los tripulantes empezó a darles instrucciones sobre lo que deberían hacer en caso de que se presentara una emergencia. Les indicó dónde estaban los paracaídas, y les señaló un botón rojo que permitiría abrir la puerta del avión para que pudieran lanzarse, si la situación se volvía muy crítica. A los pocos minutos el avión empezó a realizar unos muy extraños movimientos y volteretas. Con seguridad que algo le estaba fallando. Abajo en la ciudad, algunas personas entre ellas Silvia la esposa de Alberto, pensaron que ese avión iba a venirse a tierra, porque volaba y sobrevolaba haciendo sus raras maromas y acrobacias, sin decidirse a tomar pista. No hay ni que mencionar el pavor que experimentaron los integrantes del conjunto. Cuando finalmente aterrizó el aparato, los tripulantes no podían contenerse de la risa, por la pesada broma que le habían jugado a los músicos.


Pero la dama de la túnica negra, la que siempre lleva a la espalda su instrumento, la única inmortal de los mortales, también deseaba participar en el juego de los sustos, y preparaba su propia chanza a los  joviales tripulantes… una broma bien macabra. Pocos días después, el mismo aeroplano de las piruetas, fracasó en una de ellas, y al desplomarse, esta vez sí de verdad, murieron todos los que en él viajaban. Pero la broma de la esquelética señora no había terminado aún. Dos meses después,  en enero de 1957, moriría en otro accidente de aviación militar, el Gobernador de Antioquia  General Gustavo Sierra Ochoa.

LOS HERMANOS M Y UNA ESTRELLA ESTRELLADA


A mediados de los años cincuentas los hermanos Alfonso y Javier Arriola del Valle,   junto con otros industriales y comerciantes de la ciudad, compraron el equipo de fútbol Medellín FC, y le cambiaron el nombre por el que desde entonces tiene es decir, Deportivo Independiente Medellín. En 1954 contrataron al jugador argentino José Manuel quien a pesar de su veteranía, era todavía lo que se llama un crack. Hay quienes consideran que José Manuel ha sido uno de los mejores jugadores en la historia del fútbol mundial. Con este jugador el equipo ganó el campeonato colombiano durante los años 1955 y 1957. Era extraordinaria la admiración que se sentía en la ciudad por el Medellín. Otro jugador estrella de esa época era, el también argentino, Pedro Roque Retamozo. Fue un hombre admirado no sólo por los fanáticos sino también, y muy especialmente, por las damas medellinenses.

Los dueños del hotel más prestigioso de la ciudad  Jaime y Jairo M, tenían una hermana que se hizo bastante amiga de Retamozo. Ellos eran socios del club Unión, y un cierto día la señorita M contrató a Los Romanceros para que fueran a amenizarle el encuentro que iba a tener allí con el jugador argentino. En efecto, el trío actuó esa tarde varias horas. Los días pasaban y la dama, nada que les pagaba. Alberto González fue quien se encargó siempre de la parte económica de Los Romanceros. Él  acordaba con los clientes el costo de sus presentaciones y después iba a cobrarles. Insistió Alberto varias veces a la joven para que le reconociera los honorarios al trío. Ella no lo hizo. Retamozo se enteró de lo que estaba sucediendo. Se encontraron cierto día el futbolista y Alberto González, y aquel en un tono de cierta superioridad, le dijo, poniendo desafiante su mano derecha abierta en el pecho del cantante, que cómo se le ocurría cobrarle a su amiga. Que uno no les cobra a los amigos, sino que todo lo debe hacer por amistad. Alberto le respondió: “Yo no soy amigo de la señorita M, y tampoco de usted; sólo nos conocemos por asuntos de trabajo”. Y para rematar, Alberto le preguntó que si en el Medellín él jugaba por amistad con los dueños del equipo, o les cobraba algo. Pocos días después les llegó el pago acordado.

A Jairo M., no le gustaba mucho relacionarse con las mujeres. En cierta ocasión estaba el trío presentándose en el club Unión. Cuando el licor empezó a hacer efecto, Jairo se fue desinhibiendo y se puso a bailar muy efusivo al frente de Enrique Aguilar, quien en ese entonces era el tercer integrante del trío, como tratando de mostrársele y llamarle la atención, todo coqueto.  Enrique, con su lenguaje costeño tan abierto y sincero, sólo atinó a decir: “Miedda, se alborotó esta loca”. Algunos años más tarde Jairo fue encontrado ahorcado en su propio hotel, luego de una “reunión” que sostuvo allí con varios jóvenes.

En otra oportunidad en 1957, estaban Los Romanceros amenizando una tertulia en la que se encontraban Oscar E., de Medias Pepalfa, y otros dos señores, acompañados los tres de sus respectivas esposas. Ya terminando la velada el traguito empezó a hacer mella en los caballeros y ellos se fueron durmiendo en la mesa que ocupaban. Las damas también tomaban licor, pero no llegaron a dormirse sino que, curiosamente a las tres les dio por empezar a enamorar a los tres músicos. La cosa estaba pasando de castaño a oscuro, y cuando ya era inminente la embestida final, Jorge Valle tomando de afán su guitarra le dijo a Alberto, “Compa, vámonos” y los tres salieron apresuradamente. Alberto González dice que por fortuna en ese entonces estaban con Copete, porque  si hubiera sido con Enrique Aguilar, éste se habría quedado.




Los hermanos Uribe y ¡tantas locuras de juventud!

Jaime Uribe, de los Almacenes Valher, contrató un día a Los Romanceros para que fueran a tocar a su finca en El Poblado. Él mismo los llevó en su carro. Como éste era bastante amplio, adelante iba él con su madre y una de sus hermanas, mientras que en la parte de atrás, se acomodó el trío. Desde que salieron de Medellín iban a altísima velocidad, y  Jaime trataba de aumentarla cada vez más. Cuando llegaron a la finca, lo primero que hizo él fue tocar los puestos donde habían estado sentadas su madre y hermana. “Vee, no logré que se mearan estas dos viejas”, fue el comentario burlón que hizo. Es que  Jaime Uribe era algo alocado como se dice. Cierta noche apostó a que, por una botella de whisky, era capaz de darle desnudo una vuelta  al Parque de Bolívar. En efecto logró darla, perseguido por el celador que hacía repetidos disparos al aire.

No todo  pasado fue tan romántico como se le observa  luego de muchos años. En ciertos casos a Los Romanceros le tocó vivir situaciones realmente difíciles e incómodas desde el punto de vista moral. Así en una ocasión, Jaime que era el  “loco” de los hermanos, invitó a un grupo selecto de sus amigos con sus respectivas esposas a una “reunioncita” en su finca en El Poblado. Cuando llegaron los distinguidos convidados, Jaime cerró con llave todas las puertas de la casa. A continuación, y ante el estupor de todos, salieron de una habitación varias prostitutas, con sus trajes y adornos de trabajo. Los Romanceros estuvieron allí actuando ese día, y observaban la situación tan embarazosa que se vivió  con la presencia de dos grupos tan diferentes de asistentes. A pesar de las protestas de los invitados, especialmente de las damas, Jaime Uribe nada que abría las puertas; sólo cuando ya había disfrutado lo suficiente, aceptó, “liberar a los cautivos”.

Otra vez, Jaime Uribe contactó a Los Romanceros para que fueran a trabajar a su finca. Empezó diciéndoles que  iba a pagarles el doble de lo que siempre acostumbraba. Eso sí, les puso como condición  que se presentaran completamente desnudos, porque era una fiesta en la que todos, invitados, músicos y sirvientes, tenían que estar desvestidos. Obviamente el trío no aceptó “despojarse de sus vestiduras”, pero parece que de todos modos la fiesta sí se realizó. Quién sabe qué conjunto aceptó trabajar  “a calzón quitao”.

Cierto día Los Romanceros animaban una reunión en una finca en El Poblado, que no era la de los Uribe, que tenía todas las apariencias de ser un evento absolutamente normal. Los asistentes estaban congregados en torno a sus mesas, tomando licor, comiendo pasantes, y conversando animadamente, mientras escuchaban la música del trío que iba recorriendo las diferentes mesas. De repente se apagaron todas las luces. Los asistentes, hombres y mujeres, se levantaron en medio de la oscuridad para mezclarse entre ellos al azar, sin pronunciar una sola palabra. Se fueron formando parejas al sólo tacto, sin hablarse. Cada pareja salió del recinto  hacia el exterior de la casa para esconderse en los alrededores a “juguetear”. El trío quedó solo, en el inmenso salón. Jorge Valle les dijo a sus compañeros, mientras afuera se escuchaban los gritos y risas de la orgía:” Esto sí es increíble; nunca habíamos visto nada así”.

Regresando a nuestras más amables historias, a principios de los años cincuentas los hermanos Hernán y Jaime Uribe, les ofrecieron a los integrantes del conjunto, un smoking, o vestido especial para presentaciones de lujo. Era un uniforme muy costoso, que no se podía conseguir en el país. Debido al precio, “los romanceros” dijeron que les agradecían el ofrecimiento pero que, por lo menos en ese momento, no podían pagarlo. Los Uribe insistieron porque querían ver al trío con un uniforme exquisito, y finalmente acordaron traer los vestidos desde los Estados Unidos, y que el trío se los pagara con presentaciones en reuniones y fiestas. Así se hizo. Eran unos vestidos compuestos de saco y pantalón de fina tela sedosa, completamente blancos. Un corbatín, un pañuelo que sobresalía ligeramente del bolsillo superior del saco, y un  botón circular, situado al lado de este bolsillo, todas estas tres últimas piezas de un color rojo intenso, le daban el tono artístico a los uniformes. Existen numerosas fotografías tomadas después de 1950 en donde aparece el trío luciendo su magnífico uniforme.

Las locuras de Jaime Uribe parece que eran mucho más que simples travesuras. En un viaje que hizo a Cartagena con algunos de sus mejores amigos, se aprovechó de la esposa de uno de ellos. Éste no resistió el ultraje, y delante de otros compañeros, de varios disparos dio muerte a Jaime, su amigo.


Hernán Restrepo, a quien el trío llamaba “mi niña”, porque siempre se refería a su novia llamándola con ese apelativo, era  muy acelerado para manejar. Por allá una noche de 1951 fueron contratados Los Romanceros para llevarle serenata a la novia de Hernán. A la altura de la Universidad Bolivariana el vehículo se volteó y dio lo que se llama una vuelta campana. Afortunadamente no hubo heridos, sólo contusos. Entre todos lograron enderezar el carro, y se canceló la serenata. Desde entonces Alberto González se sentaba adelante al lado del conductor y cuando éste aceleraba demasiado, casi siempre por efecto del licor, Alberto sin decirle nada, le daba vuelta a la llave y apagaba el carro. Se bajaban y esperaban un taxi para seguir el carro de su cliente. Existe una fotografía en donde está el trío actuando en el club Campestre y Jorge Valle aparece con gafas negras debido a los  golpes que recibió en ese accidente.


WILLIAM GIL SANCHEZ




William Gil Sánchez fue un importante empresario antioqueño que durante las décadas  de los cuarentas y cincuentas participó en varias importantes firmas de Antioquia y de Colombia. En 1949 fundó, juntamente con Humberto Restrepo, la cadena radial Caracol.

Cuando Doris Gil Santamaría fue elegida Señorita Colombia, el Trío Los Romanceros sacó en homenaje a la reina un bambuco titulado precisamente “Doris”, compuesto por Luis E. Pabón quien era  integrante del conjunto en ese año de 1957.

Uno de esos días el trío estaba interpretando este bambuco en un programa de la emisora la Voz de Antioquia de la cadena Caracol. Cuando terminaron la actuación, el padre de la reina, William Gil Sánchez, se  le acercó a Alberto González, primera voz de Los Romanceros, y en tono descortés le preguntó que por qué le habían compuesto esa canción a su hija. Que si lo que querían era que él les diera algún dinero por la composición, que ni lo soñaran, que él no les daría nada. Alberto González muy tranquilamente señaló hacia Luis E. Pabón que se encontraba cerca, y le dijo al padre de la reina: “Vea, ese es el compositor de la canción; hable con él para que  le explique por qué compuso el bambuco para su hija”. Cuando interrogó a Pabón, éste le contesto:”Estimado señor; la canción la compuse porque en el trío admiramos a la mujer antioqueña, y su hija es la reina antioqueña; no pretendemos nada de usted”. Callado se retiró el señor Gil Sánchez, que a lo mejor pensaba que la razón de todo lo que se hace, es el dinero. Algunos años después era conducido esposado desde su oficina a la cárcel, a causa de un mal manejo financiero.


sábado, 22 de febrero de 2014

DOÑA SOFIA OSPINA DE NAVARRO

La Navarra, así se llamaba la finca que por los lados de Itagüí tenía la familia Navarro Ospina. 

Doña Sofía Ospina de Navarro era entre otras cosas, periodista y escritora de cuentos costumbristas y de asuntos domésticos, como la culinaria y la etiqueta. Esta  hermana del presidente Mariano Ospina Pérez, se distinguió en Medellín como la fundadora y animadora de varias organizaciones de caridad. 

Un cierto día “El colorao”, el empleado del club Campestre, llamó a uno de los integrantes de Los Romanceros para pedirle, que estuvieran listos a una cierta hora de ese día, porque un carro los iba a recoger. Doña Sofía Ospina tenía programado lo que en ese entonces se llamaba, un te-canasta. Ella quería que el trío le amenizara ese encuentro con sus amigas. Un té-canasta era un evento en donde, mientras se jugaba a las cartas, se degustaba un delicioso té  con parvita caliente. Bueno, hasta La Navarra llegaron los Romanceros y estuvieron unas tres horas acompañando con sus canciones a las señoras. La reunión resultó sin embargo, muy poco clásica. En lugar de cartas, toda la tarde se jugó a los dados, y en vez del té parviadito, lo que se consumió fue aguardiente. La dama que ganaba un lance inmediatamente le pedía una canción al trío. Al finalizar la tarde, uno de los hijos de doña Sofía, Alvaro Ospina Navarro le dijo a Alberto González, “páseme la cuenta”. 

Así  terminó aquella velada de golpes de dado y tufillo de anís.